sábado, 18 de julio de 2009

"Mi olor a perra".

Hace unos meses que me decidí por ofrecer mis servicios a las personas que teniendo una cabeza caliente y mucha vida por contar no aceptan el reto de plasmarlo en un papel para su disfrute y el de todos los que puedan leerlo. No es tan buena la idea porque en muy pocos casos se es capaz de transmitir lo que dichas personas encierran dentro de ellas. Pero os aseguro que lo que voy a transcribiros a continuación se refiere a una de esas excepciones. Ahora prefiero que sea ella la que os embruje con su explosiva sexualidad como lo hizo conmigo.



Nío.

Me llamo Marga pero como podéis suponer no es mi verdadero nombre. Voy a compartir con vosotros, anónimos lectores una experiencia que me tiene obsesionada desde que sucedió y que, por las razones que comprenderéis al acabar el relato, no puedo exponerlas en mi círculo más íntimo, bueno si exceptuamos a mi novio que aunque os sorprenda me acepta tal y como soy, supongo porque disfruta con ello, que quede claro.



Como todas las mujeres, unas lo confesamos y otras no, me encanta el Sexo, sí en mayúsculas, no hago ascos a nada y, encima, me gusta probar cositas nuevas para animar mi nada aburrida vida sexual. Tengo ese comezón interior que me empuja continuamente a buscar algo diferente, arriesgado, provocador. Cuando mi novio me susurra al oído, mientras me está penetrando, “Marga, eres mi puta, ¿lo sabesssss?”, me enciendo porque tiene toda la razón del universo. Lo soy para él y estoy muy a gusto en ese papel. Nunca lo haría por dinero pero sí por placer y así seguirá siendo. No os voy a dar más la lata con mi forma de ser pero me gusta dejar claro que reconozco lo que otras mojigatas y remilgadas se quedan sólo para sus adentros y nunca se atreverían a confesar aunque piensen como yo.


En mi colección de juguetes no podía faltar un consolador-vibrador, bueno varios, pero uno en especial. Un juguetito de este tipo lo tendrían que tener en la mesilla todas las mujeres, así estoy segura que no habría ninguna reprimida, ¿no os parece?. Bueno, el mío es la caña de España, es especial. Tan especial que le he puesto nombre, aunque sé por amigas y sus maridos con los que puedo hablar de algunas de mis preferencias, que casi todas las mujeres que lo tienen le han puesto nombre, ¿o no le ponen los hombres un nombrecillo a sus pollas? Al mío le he bautizado con una referencia a su tamaño y a su dulce color y en femenino, claro está, como lo es también una polla.



Es morada y majestuosa, por lo que suelo decirle al oído: “Moradita, ¿qué le vas a hacer al coñito de Marga?”y enseguida se pone a dar saltos de alegría. Tal vez es un poquito grande pero para pollas pequeñas ya están la de la mayoría de los hombres a los que he conocido, en esta medida tengo que exceptuar la de mi novio, que no llega a Moradita pero está bastante bien. Como os decía, Moradita mide algo menos de 25 centímetros. Hala diréis, sí, es muy gordo pero es cuestión de probarla, se ajusta de miedo salvo si intentáis introducirla por detrás, ahí empiezan los problemas aunque todo se andará, de momento, para el tesoro que se guarda entre mis nalgas ya tengo una natural. Moradita.



Tiene dos velocidades (no os lo he dicho porque suponía que os imaginabais que era eléctrico aunque chupa muchas pilas, creo que el próximo lo buscaré con conexión a la red); la primera es para calentarme mientras busco imágenes dentro de mí que me pongan cachonda, cuando las tengo bien fijadas cambio la velocidad, y ese es el momento en el que me mata, me hace chillar. Además, tiene una protuberancia que se ajusta al clítoris pero cuando estoy muy pasada no me vale y tengo que ayudarme con la mano que me queda libre, hasta que me corro de tal forma y con tales espasmos que lo escupo fuera de mí, como si fuese un hombre al que después de saciarme le arrojo de mi lecho.


Soy multiorgásmica y no lo cambio por nada del mundo. Joder, parece una confesión del estilo: “soy cleptómana y estoy en terapia”. No, es todo un placer serlo. Y no me refiero a que en una buena sesión pueda irme varias veces sino a que encadeno los orgasmos, no siempre claro, pero cuando así sucede se van dando la mano dentro de mis entrañas y me llevan al borde del desfallecimiento. Es casi insoportable, casi dolorosa la intensidad de las descargas. No os sucede a vosotras que después de correros, cuando os han hecho una buena comida de coñito rubricada con un buen repaso a vuestro botón, no soportáis que os lo sigan tocando, pues a veces es esa sensación pero....distinta....no sé, como me gustaría explicároslo pero no tengo palabras...bueno, sí, esperar, sería como si os subís a una atracción de caída vertical y dura el doble o el triple que ahora, sí, algo así. También se manifiesta más discretamente, en momentos en los que con sólo rozarme con mi novio, al meter su pierna entre las mías, en una mezcla de amor y morbo, llego a irme sin poder evitarlo. ¿Sería como la eyaculación precoz de ellos? A él no le hace mucha gracia porque parece tan fácil que se siente fuera, que no ha puesto casi nada de su parte y eso le enfada, pero qué puedo hacer.


Hace unos días, a través de Internet, recibí un emilio en el que un aficionado a excitador literario me confesaba en un microrelato lo que haría con mi culito y os debo confesar que al leerlo me puse tan cachonda que tuve que usar a Moradita para calmarme un poco. Mientras lo leía y os he dicho que era un pequeño relato de bienvenida, me fui cuatro veces, prácticamente seguidas, con mi dulce Moradita dentro y las palabras de ese cabrón envolviéndome el cuerpo mientras describía como me sodomizaba con pasión y destreza. No sé cómo lo haría en realidad pero con las palabras era bueno, el cabronazo. Bueno, sólo era un ejemplo ilustrativo.


En muchas de las intensas sesiones a las que someto a mi novio, Moradita nos acompaña. Lo entiendo casi como un trío y yo la Reina de sus Picas. Tan clara es la situación que a veces él se siente celoso al verme retorcer con más intensidad cuando Moradita mete la segunda marcha que si me la clava él. Un día que estábamos los tres, se puso tan tenso que amenazó con entrar donde Moradita no podía. Acto seguido agarró mi vibrador, lo introdujo hasta el fondo de mi coño con decisión, conectó la primera, arrancándome unos quejidos muy ricos, y después metió la segunda. Me corría viva de la forma tan intensa en que lo movía, sentía que me iba a desgarrar tanto movimiento en las paredes de mi vagina. Me hizo dar la vuelta con ella dentro, alcé mi culito ante sus envites y sentí humedad en el culo, me estaba escupiendo el muy cerdo.



Ese día me iban a penetrar mis dos amantes a la vez. Así fue. Nunca antes me había sentido tan llena, repleta e inmóvil. Los ojos se me pusieron del revés. Seguro que tenía la mayor cara de puta que una mujer puede llegar a poner. Os diré que se me caía la baba de la boca. Él no tardó mucho en correrse dentro de mí y Moradita, que aguanta algo más, terminó el trabajo procurándome entre ambos varios de los orgasmos más intensos que recuerdo. Acabé mareada sobre la cama, se desataron todos mis seguros y no pude evitar mearme encima de las sábanas, fue increíble. Alguna vez lo hemos repetido pero no ha sido igual, aquella situación sorpresiva me inundó hasta el infinito.


Aunque estas escenas se van perdiendo en mi memoria, cada vez están más lejos y, lo peor, es que también se debilita la intensidad con la que disfruto del sexo. Nada es lo mismo. Sé que tengo un problema. Que mi búsqueda de placeres nuevos, ocultos e, incluso, prohibidos me hace correr riesgos cada vez más intensos y reales pero también sé que es una droga para mí, sana pero droga al fin y al cabo. Y ahora es, después de este preámbulo, cuando tengo que relataros esa experiencia que hasta hoy en día es insuperable y me temo que así será durante mucho tiempo.


Una mañana, mientras desayunaba en una cafetería, leí en las páginas de contactos un anuncio que me hizo pensar. En él, un escritor aficionado se ofrecía para hacer realidad las fantasías de mujeres o parejas que contactasen con él. Gratis. Decía que sólo confirmar el placer y poder que las letras calientes ejercen en las personas. Sólo pedía una foto de cualquier parte del cuerpo de sus clientes, para avivar la inspiración. Me dejó muy intrigada.


-“Vamos a ver Marga, me dije, si tuvieses que ponerte en contacto con él, ¿cuál sería la fantasía no realizada (porque si la realizas deja de serlo) ni confesada que te gustaría que te escribiese?”y la respuesta no fue fácil. Di algunas vueltas por mi caliente cabecita. Eché un repaso a las situaciones que recordaba con gusto, pensé en las que se me habían escapado y al final una sonrisa morbosa adornó mi boquita y achinó mis ojos. El nombre que se le da en los manuales de sexo es bastante desagradable, sin embargo siempre he pensado que no tendría que ser un tabú si están clasificados como el mejor amigo del hombre, bueno, en mi caso de la mujer. Y, coincidencias de la vida, en ese momento un gran ejemplar atravesaba la porción de calle que podía divisar desde la cafetería. Una corriente fría sacudió mi cuerpo al ver aquel animal tan majestuoso, tan potente, tan leal acompañando con devoción a su ama, ir a su lado, cariñoso y salvaje a la vez y vi materializada mi fantasía inconfesada y oculta.


Al principio era tan sólo curiosidad, pero poco a poco fue creciendo en mí la obsesión. Intenté leer algo sobre sexo con animales, más concretamente con perros, pero las poquitas cosas con las que me crucé no lograban excitarme, tan sólo aumentaban mi curiosidad. Pinchar en Google cualquier término alusivo era un vendaval de citas a páginas de sexo en las que se encontraban imágenes más o menos explícitas pero muy pocas experiencias femeninas relatadas desde el lado sensual, de disfrute, de compenetración con el animal. Por ello decidí pasar a la acción y arriesgarme.


Como no le suelo ocultar casi nada a mi novio, aunque siempre haya algún resquicio que pueda olvidárseme, tuve la valentía, con unas copas encima y a altas horas de la madrugada, de insinuarle que me gustaría ver qué tal es el sexo con un perro. Se echó a reír, diciendo que si no tenía suficiente con su rabo. Seguí insistiendo para demostrarle que iba en serio, que tenía bastantes ganas de probarlo y que me gustaría contar con su ayuda o connivencia, en cualquier caso. A pesar de que no terminaba de ofrecerme su abierta colaboración note que la conversación no le desagradaba por el bulto que mostraba bajo su bragueta.


-“Vaya con el señorito. La idea no te molesta, es más, ha conseguido ponerte cachondo, ¿Eh, te gustaría ver como a tu querida Marga se la folla un gran perro mientras tu observas la escenita?, mira que eres morboso aunque no des tu brazo a torcer en este asunto.”



Para eliminar todas sus reticencias a colaborar conmigo le regalé una maravillosa mamada, hasta el final, hasta derramarse en mi boca. Mientras se corría con una sucesión de inusitados espasmos que lanzaban su semen hacia mi garganta cerré los ojos e imaginé que se la estaba comiendo a un gran perro, mi novio. La visión figurativa de la escena hizo que me corriese allí mismo, junto a él. Era la primera vez que me iba comiéndome la polla de mi novio, además lo hice chorreando flujo como una perra en celo ¿lo veis normal?


La obsesión empezó a ser enfermiza. Sabía por otras situaciones en las que se me había metido una idea en la cabeza que hasta que no la viese cumplida no iba a dormir a gusto y lo peor, no iba a disfrutar de mi novio y de Moradita sin imaginar que eran partes de un mismo animal y eso, en el fondo, me parece que es una forma de traición. No podía alejar la idea de tener la hinchada polla de un gran perro dentro de mi coño, inflamada, con la famosa bola evitando que pueda escaparme de su abrazo, asegurándose que su leche se queda dentro de mí. Cómo se moverá en esos momentos, uhmmmm, sólo de imaginarlo ya me humedezco.


Unos amigos tenían un pastor alemán. Cuando estábamos con ellos, en su chalet, todas mis miradas iban dirigidas al animal. Casi le prestaba más atención a él que a mis anfitriones. Jugaba con el perro como nunca lo había hecho y el animal, que se llamaba Sun y era todo un Sol, mostraba su agradecimiento tumbándose boca arriba y dejando que le acariciase. Como os podéis imaginar parte de mis toqueteos iban directos a su enfundado pene, que más de una vez sacó fuera por la insistencia de mis caricias. La simple visión de aquel segundo rabo, ofreciendo ese color tan sonrosado, esa forma tan apetecible hacía que me mojase entre las piernas. ¿Era eso normal? Me excitaba más rápidamente que con mi novio. Además, el poder que tenía sobre Sun era increíble. Me olisqueaba cuando nos veíamos, me reconocía como a una perra que continuamente estuviese en celo y no se equivocaba tanto, no lo dudéis.


-“Que cariño le has pillado al perro de Mati, es increíble que para ser pastor alemán lo arisco que es con todo el mundo y contigo se muestra como un cachorro. ¿No será que...?” me interrogaba mi novio cada vez que salíamos de la casa de mis amigos.


-“¿No será qué....?”


- ¿Qué? Contesté demasiado seria.


-“Pues conociendo tus inclinaciones sexuales, vamos Marga, si unimos que te gusta probar todo con lo que me dijiste la otra noche, igual estás pensando en ese animal de otra forma muy diferente a como lo ven sus dueños”, dejó caer sin apartar su mirada de mis ojos mientras conducía con una sola mano y la otra desaparecía descaradamente entre mis piernas.


-“¿Y?”, respondí ya desafiante.


-“Nada, nada. Ya sabes que no me enfado siempre que esté por medio, pero esto me parece muy fuerte y más en casa de Mati. ¿Qué crees que hubiesen pensado si te hubiesen visto? Te ha faltado hacerle una paja allí mismo. Nunca había visto una polla de un perro tan preparada para el combate, aunque no me suelo fijar tanto como lo hice hoy.”


-“¿Entonces?, sabes que no haría nada que pudiese enfadarte, cariño.”


-“Bueno, pero ¿hasta dónde quieres llegar, Marga?”


-“Pues.... a ninguna parte, nada solo que me llaman mucho la atención esos animales, tan humanos, tan cariñosos y, no te lo voy a negar, me excita acariciarlos y ver como su polla aparece triunfante entre tanto pelo. Sabes que hemos probado muchas cosas y que me puede la curiosidad. Ya me conoces” dije sin aclarar cuáles eran mis ocultas intenciones.


Ahí se quedó la conversación pero en mi mente iba creciendo la necesidad de llegar hasta el final. Decidí llamar a mis amigos, los del pastor alemán, y pedírselo directamente, como el que le dice a unos padres de confianza que te dejen el niño y así ellos tienen un día libre. Cuando me preguntaron para qué lo quería me dio mucha vergüenza decirles la verdad, era excesiva para ellos, y les comenté que me encontraba un poco sola, mi novio iba a pasar unos días fuera y en el edificio había algunos problemas de seguridad. Por su negativa creo que sospecharon algo que tampoco se atrevieron a decir.


Mi novio se reía mientras le contaba y me decía que tenía mucho morro, además de estar más salida que una perra. Esa noche follamos como locos. Una parte de él no solo aceptaba mi propuesta sino que también le servía de combustible sexual.


Empecé a pensar en comprarme uno pero el piso es pequeño para un perro grande, que es como lo quiero, grandote y fuerte, ya sabéis, son los que deben tener las pollas más interesantes. En el bloque nadie tenía perro que pudiese escaparse y desde el rellano atravesar mi puerta. No pensaba en otra cosa, ya era obsesión.


En esos días de recién estrenada primavera, al verme mi novio tan apagada, sería por la dichosa abstemia, propuso ir a dar una vuelta al parque. Hace meses le hubiese dicho que no, vaya plan, pero ahora se habían convertido en lugares sumamente excitantes para mí. Pero me impuso una condición. Ya que iba a ver a tantos pretendientes, me pidió, bueno más bien me ordenó, que me pusiese la mini vaquera que me regaló, una muy corta, pero sin bragas, ni tan siquiera un tanga, para que tener acceso libre a mi coño en todo momento y así comprobar lo cachonda que se había puesto su chica con los animalitos. Tenía que hacer todo lo que él dijese. Uhmmm, acepté a ciegas porque esos juegos me resultan muy excitantes y porque significaba que iba a colaborar. Era su putita sumisa.


El muy cabrón esperó a que estuviésemos en el ascensor para sacar un par de bolas grandes que llevaba en el bolsillo.


-“Métetelas en el coño antes de llegar abajo” ordenó tajantemente. Me levanté rápidamente la falda, chupé las bolas, abrí todo lo que pude las piernas, y primero una y después otra desaparecieron entre mis paredes dejando un corcel dorado y una pequeña anilla metálica colgando de mis labios.



Que sensación, las frías bolas metálicas, que las habría sacado del congelador, entrechocaban al andar y se movían dentro a su aire. En vez de coger el coche o el autobús quiso que fuésemos andando, que me recrease al caminar. Era una sensación nueva. Nunca me había paseado por la calle así, tan libre, o por lo menos con una falda tan corta. Enseguida empecé a excitarme, demasiado, tanto que sentí mi humedad acercarse a la salida de mi coñito, ayudada por el hueco que hacían mis intrusas. Noté como mis flujos se deslizaban por los muslos y saqué un kleenex para limpiare. Él no me dejó, pasó sus manos por debajo de la falda, recogió mi regalo y se lo llevó a la boca con deleite. Aquella imagen me encendió pero él siguió andando, ni siquiera paró a besarme.


Sentía un calor abrasador dentro de mí, las bolitas se habían calentado y estaban haciendo su efecto. Tenía la sensación de que todo el mundo sabía que no llevaba nada debajo, es más, incluso que llevaba algo dentro pues me miraban como si fuese una puta que se vendiese. Sobre todo me gustaban las miradas de los hombres que en el parque paseaban perros. Me acerqué, en mis condiciones, a uno que llevaba un Gran Danés. Que preciosidad, que poderío. Empecé a acariciarlo y el animalito tuvo que oler mi estado porque al momento quiso hacer desaparecer su morro bajo mi falda. El dueño simulaba que quería apartarle pero tiraba de la correa con poca decisión y yo no me echaba para atrás ni un centímetro.



Entonces, olvidando mi atuendo interior, me puse en cuclillas a acariciarle y ofrecí, a conciencia, una visión inmejorable de mi ya chorreante coño. Al dueño y al perro. El primero se quedó clavado, mirándome abobado mientras que la bestia, al ver de dónde salía el olor a perra, dio un fuerte tirón de la correa y metió su cabezota entre mis piernas. En un par de segundos, una ágil lengua recorrió varias veces toda mi abultada rajita hasta que mi novio me levantó casi del suelo. En ese momento, tenéis que creerlo, abrazada a él mientras dueño y perro eran testigos de la escena me corrí apretando los dientes sobre su hombro y restregando mi pubis contra su pierna. Cuando pude abrir mis ojos distinguí entre los espasmos finales como mis observadores seguían allí, petrificados, amo y animal estaban sumamente excitados, pude advertir el bulto del pantalón y la polla del gran danés totalmente fuera de su cápsula. Me incorporé lentamente, me temblaban las piernas y noté que se me había salido la primera de las bolas, y empapada como estaba se deslizó por mi vagina.


-“¿Puedo sacarme esto un momento?. Están casi fuera” supliqué a mi novio que me sujetaba con fuerza.


-“Sí, pero en cuanto quiera que te las vuelvas a meter, lo haces. Y vaya subidón que te ha dado con tu perrito, Marga, si hasta te has corrido, putita”, me dijo casi regañándome.


-“No lo he podido evitar, me ha sorprendido incluso a mí”.
En ese momento empezaron a tirar con fuerza de la mano en la que tenía las bolas. Era el perro que las había mordido y las chupaba con frenesí. Las estaba dejando limpias, brillantes, se lo estaba comiendo todo. Temí que pudiera arrancármelas de la mano o romperlas.


-“¿Quiere usted llevarse a ese puto perro de aquí?, hala, se acabó el espectáculo por hoy, me llevo la atracción, mañana, tal vez más.” Y fue de la única manera que la pareja nos dejó en paz.


-“Ehhh, que brusco y maleducado has sido, por lo menos el can se ha portado de maravilla en mi coñito” protesté en su defensa.


-“Vamos para casa, tengo que confesarte que la escenita me ha puesto muy cachondo. No lo entiendo pero así ha sido. Tengo unas ganas de follarte que no lo puedes imaginar”.


Me dejó sorprendida la confesión. Iniciamos con urgencia el camino de vuelta, en busca del autobús aunque sólo se tratase de tres paradas. Mi novio tenía prisa y no iba a contrariarle.


Cuando llegó el bus me encontraba más calmada aunque la sensación de saber que iba con el culo al aire me hacía vulnerable pero, a la vez, segura de mi atractivo. En la parada se había acumulado bastante gente y todos me miraban como diciéndome: eres una putilla que le gusta ir sin bragas, con el novio, para que sea testigo de lo que te vamos a hacer dentro. Me estaba volviendo a excitar. Subí delante de mi novio lo que evitó que los demás pasajeros pudieran confirmar sus sospechas pero no que él deslizase su mano por debajo de la falda hasta introducir con agilidad uno de sus dedos en mi fácil coño.



En la fila descubierta había dos asientos libres y me obligó a sentarme allí. Mis piernas quedaban a la vista de los más cercanos que no hacían nada por disimular dónde introducían sus miradas. Sentí la mano de él tirando disimuladamente de mi rodilla y me excitó tanto su iniciativa que no opuse resistencia. Al momento me encontraba ofreciendo una vista suficiente de mi húmedo coño. El morbo de sentirte objeto de su excitación aumentaba los latidos de mi corazón hasta hacerse perceptibles. Era la reina del lugar y mis sufridores sentían penosamente tenerse que bajar. Al llegar nuestra parada tuve que hacerme hueco entre ellos para acercarme a la puerta y al pasar por cada uno sentí sus duros miembros pasearse por mi culito e incluso alguna mano atrevida alcanzó la parte interna de mis muslos, que viscosos por mis jugos, fueron oasis para esos sedientos.


Nada más entrar en el portal me quise sacar las bolas, estaba algo incómoda con ellas hay tanto tiempo, continuamente intentando deslizarse hacia fuera de mi vagina por la lubricación que no me abandonaba, pero mi novio no me dejó.


-“Las putitas tienen que volver a casa tal y como han salido, así que déjatelas dentro” me gritó no dejando dudas sobre su deseo.
Mientras, no dejaba de tocarme las tetas, meterme un dedo en la boca, restregar su palma por mi coño, a sabiendas que ese movimiento era nitroglicerina para mí, que me disparaba hasta llevarme a las puertas de volverme a correr como una loca.


Por fin llegamos a casa, abrió la puerta invitándome a pasar y en cuanto la cerró me llevó casi a la fuerza hasta la cocina, me hizo inclinar sobre el frío mármol de la encimera, me levantó la falda desde atrás y me la fue clavando poco a poco.


Uhmmm, el muy hijo de puta no me había dado tiempo a tirar de la anilla y allí estaba, empujando con su polla el par de bolas chinas contra la entrada de mi útero. Ahggg, otro animal, pensé, pero este me iba a destrozar. La presión de las bolas sobre el fondo de mi cueva era bestial y no parecía que cediese ni que él me permitiese sacarlas de allí. Mientras me follaba me insultó como nunca lo había hecho, lo hacía por la escena del perro, me llamo puta perra, me dijo que estaba en celo continuo, que era una ninfómana asquerosa, y mil cosas más que no quiero que aparezcan aquí. Pero, os diré, que en vez de molestarme hizo que mi multiorgasmia reapareciese en todo su esplendor. Me parecía tan animal, tan salvaje, tan primitivo.


-“Joderrrrr, que me vas a romper por dentro, cabrón. Aghhh, me gusta, sí, me gusta, ahh, pero duele, sigue, sigue, empújamelas hasta dentro, hijo de puta, como me pones....sigue que me voy a correr, sí....ahgggg....me corro como una perra....sí, sí, sí,....aghhhhh, soy tu puta perraaaaa”.


Supe que le quería cuando me vino encadenado el segundo orgasmo y en mi mente se materializó la siguiente escena: el gran danés del parque era el que me estaba jodiendo así en vez de mi novio. Esa ha sido la imagen fantasiosa más fuertes que he tenido nunca, ¡¡¡me puso tan caliente!!!. Y el animal se corrió con grandes aspavientos dentro de mi coño a la vez que me iba por tercera vez sintiendo un ligero desmayo que me hizo hincar las rodillas en el desangelado gres de la cocina y caer al suelo entre temblores y mareos sintiendo un gustazo de muerte. Tenía todo el vicio dentro de mi cuerpo. Creo que tuve convulsiones, seguro que fue así cuando él se corrió dentro de mí. No recuerdo bien porque fue inmenso, nunca una polla había llegado hasta allí...como podía gustarme tanto que me perforara...me sentía tan puta en esos momentos.


Cuando pude incorporarme y volver la vista le vi allí, sentado en el suelo, con la polla menos arrogante y la mirada perdida entre mis piernas. Acerqué la mano a la anilla y tiré, un escalofrío recorrió mi cuerpo cuando el par de bolas abandonaron la profundidad de mi dilatado y enrojecido coño. Estaban llenas de semen. Sin dejar de mirarle a los ojos las lamí con fruición, sin dejar ni rastro de su leche, limpias, absorbí mis propios fluidos que tenían en algunas partes de las bolas un tono rosáceo. Fui a palparme mi dolorido coñito y advertí que un pequeño hilo de sangre aparecía entre mis labios más escondidos. Cabrón, me había hecho daño pero, también, me había llevado al cielo. Cómo iba a dejar de ser su putita.


Miré la hora del despertador. Las once y media de la mañana, estaba un poco aturdida, la noche anterior fue una continúa prolongación de la escena de la cocina. Os diré que sentía escozor entre las piernas pero no podría distinguir si era por la sesión de sexo o por algo en concreto que mi novio me metió. Estaba desatado y cualquier cosa podía ser. Ya le preguntaría cuando volviese a la tarde del trabajo.


Tenía el día libre. Una delicia cuando estás cansada y no tienes que madrugar. Desayuné con ganas. Puse algo de musiquita y pensé que era un buen momento para echar un vistazo a la cuenta de correo, siempre había alguna sorpresa agradable e incluso caliente. Tan temprano y ya me estaban encendiendo algunos de los mensajes privados de gente del chat.



Al ir a la cocina a buscar un poquito de agua sentí como si alguien quisiese entrar en casa, no por que sonase el timbre sino por los extraños golpes que sonaban contra la madera. Eran suaves pero insistentes. Eché un vistazo por la mirilla, no vi a nadie y me asusté un poco. Los golpes seguían por lo que me decidí a abrir sin quitar la cadena, claro, y allí, intentando meter el hocico estaba mi amigo, el gran danés del parque. No me lo podía creer, me quedé de piedra, pero de piedra caliente, como la de los hornos. ¿Cómo había llegado hasta mi puerta el animalito, que tanto se parecía al perro de Scooby Doo?


Sin dudarlo retiré la cadena y, sin dejar de mirar al resto del rellano, le franqueé la entrada, pero se quedó en la puerta, con el culo plantado en el felpudo. Estaba solo, sin dueño. No hablaba pero yo le entendía, sabía lo que quería y ya lo había probado. Se comportaba mucho mejor, era tan educado y tímido que tuve que tirar de su collar para que entrase. Se quedó inmóvil en el recibidor, mirándome a los ojos, jadeando, con su inmensa lengua fuera. Busqué en la cocina algo para darle, un poco de carne del día anterior y ni parpadeó, debía tener esa necesidad satisfecha.



En ese momento se me ocurrió una idea. Levanté mi vestido por delante, aparté las braguitas hacia un lado para que viese mi sonrosada rajita, la que ayer había probado, cogí el trozo de carne y lo pasé poco a poco por mi coñito que comenzaba a lloriquear. El contacto me proporcionó un calor abrasador, ayudado por la expectación del animal, y las piernas comenzaron a temblar. Me acerqué unos pasos a él y seguí moviendo la carne advirtiendo un brillo distinto en sus ojos. Empezó a mover el rabo, inquieto, y a acercar el hocico hacia la carne que ahora le ofrecía bañada en mis cada vez más abundantes jugos. Mi fantasía comenzaba a dejarse palpar.


Entonces, se levantó del suelo, se vino lentamente hacia mí, lo que me puso muy nerviosa pero excitada a la vez. En un descuido se lanzó a por la carne y me la arrancó de las manos con lo que me asusté. Pero al ver que antes de destrozarla con sus mandíbulas la estaba chupando con sumo placer, con ansias y con deleite, cerré los ojos al saber que yo le gustaba, que lamía mis jugos como si de un amante humano se tratase. Después, una vez que absorbió todo mi aroma de la carne, dio un pequeño bocado y la dejó aparte. Ha perdido las ganas, no tiene hambre solo vicio. Es casi humano.


Comenzó a acercarse lentamente hacia mí, y me hizo temer su reacción, era grande y una vez excitado podía ser peligroso pero sabía que me había probado y eso le exigía ser sumiso. No sabía como actuar, estaba deseando que el perro se dedicase a mí pero tenía que enseñarle, no sé si habría estado ya con alguna mujer, era un cachorro. Con su gran morro, olisqueando mi entrepierna me iba empujando hacia el fondo del distribuidor donde, curiosamente, estaba nuestra habitación, donde las sábanas todavía recordaban la noche anterior. Ya no tenía remedio, me había llevado hasta el final del viaje, mi cama. Seguía estando asustada pero el contacto con las sábanas me ayudó a situarme. El animal llevó educadamente su hocico hasta el borde de mi vestido, cerca estaba el origen del aroma que lo estaba excitando, era mi coño el que desprendía ese olor a perra.


Al volver a reconocer ese olor, que estaba fresco estaba fluyendo, el gran danés comenzó a rugir con suavidad, empujó su cabezota por debajo de mi falda y me aplastó literalmente contra la pared, como un macho embravecido que sin violencia pero con firmeza te va a hacer suya, pero en este caso era un animal jadeante que sólo intentaba meter su húmedo hocico entre mis piernas buscando algo que chupar.


La excitación hacía que su polla luciese espléndida, pero no podía dejar que me la clavase así como así, como buena puta, necesitaba que se recrease en mi cuerpo. Sabía que era mucho pedir a un animal en celo, no podía conocer las cositas que tenía que hacerme. Estaba dispuesta a enseñárselas. Mi corazón latía salvajemente y este bombeo hacía que mi botoncito maravilloso palpitase sin parar. Le agarré la cabeza e intenté moverle hacia la cama, para que me dejase sentarme en el borde, de esta forma evitaría que me atacase por detrás, su forma de follar a una perra.


Empecé a acariciarle la cabeza, el lomo, llevando las manos por debajo de su tripa hasta topar con el rabo que seguía estando fuera. Tenía un tamaño nada despreciable, casi humano y muy atractivo, estaba hinchado y de color púrpura con la punta muy sonrosada y una bola impresionante en la base. Estaba claro que me deseaba, anhelaba estar dentro de su perra, una puta a la que le gusta probar de todo.


Empecé a separarme los labios del coño frente a él, bien abierto para que el pobre animal no tuviese dudas al acercar su babeante morro a mi preciosa gruta, envuelta en vello que también retiré para facilitarle su labor.
Era torpe, su primera vez, seguro, aunque fuese en la combinación entre perra y mujer, y se lanzó sin delicadeza, estuvo a punto de morderme. Di un pequeño salto hacia atrás y le sujeté la cabeza, tenía que demostrarle quién mandaba en mi casa. El reto de hacerle comprender cómo quería que me comiese me llevó a un estado de excitación fronterizo al orgasmo. Pude contenerme, quería que fuese el perro el que me lo arrancase.


Abrí de nuevo las piernas, y le llevé muy despacio hacia mi coño, el animal tenía que comprender que llevando su lengua entre mis muslos, el regalo que iba a conseguir sería total. Mis conocidos jugos le tenían loco. Literalmente, le metí el hocico en mi raja, su larga y compacta lengua lamió mis labios por fuera y por dentro y se introdujo buscando el manantial. Ninguno de mis amantes había llegado tan adentro.



Con su lengua, áspera y cálida a la vez, desencadenó un terremoto en mi interior, con su epicentro en mi precioso coñito, sabía que estaba en un punto sin retorno. La cabeza me daba vueltas, y me faltaba el aire. Su lengua no dejaba de achicar mi inundada cueva y mis jadeos ya no me dejaban respirar. Me sentía más guarra y puta que nunca, pero estaba padeciendo las descargas más intensas que una mujer puede recibir, os lo aseguro. No sé cuanto tiempo me quedaba para correrme pero quería alargarlo todo lo posible. Tal vez me repita pero os confieso que nunca me había excitado tanto, mis jugos salían con facilidad y mi perrito no paraba de lamerme y aullar y gemir como un niño cuando empieza a llorar, buscándome con su lengua y su morro y a veces también con sus dientes. Con mis dedos notaba claramente los pálpitos de mi enrojecido e hinchado clítoris, latía con cada gluppps, shullsss, glupp, glupp de mi amigo y mis suaves masajes. Era increíble como le podía gustar tanto mi sabor.



Le moví la cabeza hacia arriba, para que su lengua tocara mi botón, esa era la manera que quería terminar, pero era difícil retirarse de la fuente, la gruta por donde salía su alimento. Repetí el truco de la carne y tras introducirme los dedos en el coño, profundos, extraje toda mi esencia y la esparcí por mi clítoris para llamar su atención. Perfecto, el animal guiado por mi néctar deslizó, primero su hocico y después la lengua hacia donde yo quería y ahí, tan cachonda como estaba, empecé a tocar el cielo. Me dejé caer hacia atrás, en la cama, sin darme cuenta del peligro que corría al quedar a merced del estado frenético del animal, mis temblores no me dejaban pensar en nada más, las piernas no me sostenían, la mente se me empezaba a nublar.



Su comida estaba siendo ultrarrápida, un poquito monótona pero intensa, como si fuese una suave lija que me arrancaba gritos de placer. Agarré su cabeza en el umbral del orgasmo y le sujeté fuerte contra mi clítoris. Le necesitaba ahí mientras durasen estos momentos intensos y chillé ayyyy, ahhhhh, ahhhhhh, uhmmmmm.......guauuuuuu, grite también para confundir mis gruñidos con los de la bestia para fundirnos en el placer.


Allí estaba, corriéndome como una puta, una perra en celo, una cerda a la que ahora podrían hacérsele toda clase de barbaridades, a la que si viniesen los ciento y un dálmatas les dejaría lamer todo su cuerpo, todos sus agujeros de puta. Ahhhhh, intenté respiré hondo, me faltaba el aire, el animal no ha dejado de lamerme mientras me he corrido y ahora era yo la que quería tomar la iniciativa.


Una vez que le pude medio controlar comencé a acariciarle la barriga, eso suele hacer que los perros se tumben bocarriba para ofrecerte sus bajos y los acepté. De tal modo que casi sin que mi amante se diese cuenta le tenía agarrado su apetecible miembro. No se movió, sabía que le tenía atrapado, apreté ese cilindro y apareció un capullo sonrosado que en ese momento me pareció el manjar más exquisito que una perra como yo podía disfrutar.
Con decisión llevé mis labios hacia su polla, sin escrúpulos, apartando el pelo y me recreé en lamer ese regalo. Tenía un sabor raro pero sumamente excitante, no era humano pero me gustó desde el principio.



Seguí sorbiendo y chupando sin parar, mientras le empujaba los lomos hacia mi boca, para conseguir introducirme todo aquello, lo que no me fue demasiado difícil a excepción de esa bola que estaba en la base y que me que encantaba sobar. Mientras, mi amigo emitía una especie de aullido apenas audible, una sinfonía de placer, y no hacía el más mínimo movimiento por abandonar la postura. Parecía dispuesto a correrse en mi boca pero no era así como pensaba acabar la escena. Me dediqué a sus bolas, para retardar su derrame, eran divinas, disfrutaba al acariciarlas y moverlas dentro de su escroto, metiéndomelas en la boca y jugueteando con mi lengua entre ambas. Por último, le di dos o tres embestidas profundas, desde el capullo hasta la bola, y corté la mamada para evitar males mayores.



El gran danés no parecía reaccionar, seguía en su postura sumisa y expectante por lo que volví a meterme los dedos en mi coño, que no paraba de manchar las sábanas por el extraño placer que me había supuesto comérsela, y la mano pringosa se la rebocé por el hocico. Automáticamente se enderezó y retomó la iniciativa brutal con la que me había asustado antes. Me preparé a recibirle como merecía, a cuatro patas en el suelo, ofreciéndole lo que llevaba buscando: mi rajita encharcada y con olor a su hembra.


El animal no lo pensó dos veces, acercó su húmedo hocico a mi coño, olió, dio un par de lametones para reconocer a su presa y con decisión subió sus patas delanteras sobre mi espalda, inundándome con su aliento caliente, apoyó su tripa contra mi columna, acercó su cadera a mi culo, que se movía para facilitar su entrada, y después de varios intentos lo sentí dentro.
Por fin, mi fantasía realizada, me estaba tirando a un perro, en mi casa. Con ese logro en mi ser comencé a sentir los espasmos de un nuevo orgasmo, esta vez tan intenso que si no llego a estar en esa postura me hubiese derrumbado sobre mis rodillas.



No podía ser que estuviese sintiendo algo así, algo único, nunca con un hombre había obtenido tal placer, mi obsesión me estaba llevando a mesetas explosivas y continuas. El gran danés ya estaba enloquecido y aullaba al sentirse dentro de mí, no paraba de follarme. Delante, detrás, delante, detrás, plaff, plaff, plaff, plaff. Estaba aferrado a mi cuerpo, no podía escapar de su abrazo durante mis orgasmos, en uno de sus fuertes empujes consiguió introducir su bola en mi coño, tenía ya unas dimensiones tan aparatosas que sentí con cierto dolor como se abrían los labios de mi coño para después notarme totalmente rellena la entrada del mismo, sellada.



Una vez que el perro lo consiguió y multiplicó la intensidad de las embestidas reapareció la Marga multiorgásmica que conocéis. Debo confesaros que en el tiempo que el pobre animal se afanaba por depositar su semilla dentro de mí, yo me corrí tres veces seguidas, sin bajar, incluso subiendo cada vez más, se me volvían los ojos del revés, me estallaban dentro, a la vez, todas las explosiones de todas las guerras, me soplaban los huracanes del caribe y temblaba como si tuviese el terremoto nepalí en mi estómago, el corazón volaba en mi interior y las sienes me latían a punto de estallar, así era de maravilloso e increíble.


Cuando estaba en un punto tan intenso, rozando la inconsciencia, sentí estremecerse al potente danés, aullaba, era casi humano al correrse dentro de mí con un movimiento de mete-saca tan acelerado que me golpeaba las nalgas como si las aplaudiese con frenesí. Se me abrieron las rodillas hasta quedarme en una posición ridícula, casi como una rana pero él seguía unido a mí, intenté librarme de su abrazo pero fue su polla la que no conseguí sacar de mi coño. Entonces recordé que hacía un momento me había amarrado a él, lo había oído en alguna ocasión, la famosa bola estaba cumpliendo con su cometido. Recordé, cuando era pequeña, la sensación tan rara que tenía al ver a dos perros pegados por el culo. Ahora yo era la hembra de aquella escena.



Al tener la certeza de haber cumplido con su instinto procreador advertí como pasaba una pata trasera sobre mí y buscaba la postura cómoda que yo recordaba, con su culo pegado al mío. Me tenía atrapada por la vagina y me parecía mentira que no pudiese soltarme, que lo aprendido tras generaciones le ordenaba mantener su semen dentro de la perra, no abrir la puerta, para obtener descendientes de una perra como yo. Esa sensación de vacío era increíble y su permanencia forzada dentro de mí me transmitía emociones muy diferentes al placer que siento cuando mi novio, después de follarme bien, me la deja dentro, y siento como mengua y se empapa de su propio semen. En este caso no necesitaba apretar mis muslos para que no se saliese nada, era imposible, estábamos sellados por ahí hasta que su excitación bajase.


Porqué tiene que ser en esos momentos. Empecé a notar la misma sensación, mientras tenía su polla dentro, que siento cuando me va a bajar la regla. Una caída de flujo que busca la salida entre mis piernas, me sentía muy sucia, muy perra, muy puta. Justo en el instante en el que el gran danés se calmó y su excitación bajó, sacó su divina polla con un suave tirón. Poco a poco fue desapareciendo en su tripa, y advertí que un pequeño reguero de sangre sucia bajaba por mis muslos, los recorría en toda su extensión y llegaban al suelo. El perro, al notar la novedad líquida, llevó su lengua al parquet y, después de olisquear, decidió lamer toda la mancha, siguió con el hilo de mis muslos y dirigió con premura su lengua al manantial lo que provocó casi al momento que me cayese de lado. Giré sobre mi espalda hasta quedar boca arriba en el suelo y poder así ofrecerle mi tesoro. Abrí las piernas en toda la extensión que me permitían mis escasas fuerzas y cerré los ojos y ya no me preocupé de sujetar su cabeza.


Al estar de espaldas a la entrada no advertí que la puerta se abrió pero sí que una persona se arrodillaba, semidesnudo sobre mi cabeza y me colocaba su polla, dura y amenazante sobre mis labios. Acepté la invitación y al engullirla como pude la reconocí. Mi novio estaba participando del trío más increíble que había oído hablar jamás. Lejos de amilanarme por su presencia comencé a mamar su apéndice con locura, con desesperación, con agradecimiento por que estuviese allí y sentir la seguridad de su compañía.


-“Cómemela Marga, sí, no pares que eres la más puta que he conocido. Te follas un perro, en nuestro dormitorio, sí, así, hasta dentro, putita mía. A un perro, estando con la regla y ahora el hijoputa del chucho te está chupando el coño de cerda que tienes, sí, un poco más que me voy a correr, sí perra, hueles a sexo animal, hija de perra, ahggg, tengo la más puta en casa.....uhmmmmmm......ahggg.....”, me estaba disparando con sus acertados insultos mientras estaba a punto de correrse y yo, que no había casi abandonado mi sesión de orgasmos, volvía a recibir la llamada de uno nuevo, golpeaba descaradamente mi puerta y dos machos la estaban abriendo.


Como seguía apareciendo en la entrada de mi coño un hilo de sangre mezclada con fluidos lubricantes, sus lametones eran potentes y superiores a mí, eso fue el detonante y exploté. A la vez, recibía la leche de mi excitadísimo novio directamente en mi garganta, porque no estaba dispuesto a darme ninguna tregua. Unas ligeras arcadas me pusieron en un verdadero aprieto pero se quedaron sólo en amago al terminar de vaciar sus huevos en mi boca. Mi orgasmo fue tan brutal que perdí el conocimiento.


Cuando volví en sí me encontraba tendida en la cama, mi novio acariciaba mi frente con dulzura y el gran danés yacía semidormido a los pies de la misma.
Sonreí a mi chico, con la sensación de haber cumplido un sueño, él me besó con ternura en mis labios y susurró a mi oído: “Hueles a perra pero te quiero”.

No os voy a decir la cantidad de veces que he tenido que parar mientras leía mis aventuras y ayudarme con Moradita a calmar mi ardor para seguir leyendo pero sí os confesaré que he disfrutado mucho al ver reflejada mi vida reciente y poder compartir con vosotros este descubrimiento. Tengo la intención, una vez eliminados todos los anteriores tabúes y trabas, seguir probando nuevas cosas que me hagan disfrutar del Sexo. Pero no os preocupéis, vosotros, a través de mi narrador, seréis testigos de mi evolución. Todo lo que queráis saber de mí, él me lo hará saber. No dudéis en decirme qué os ha parecido, y si también habéis pasado por etapas de tanta actividad, sobre todo con estos animalitos. Un húmedo beso para todos y para vosotras también, y cuidado que os estáis convirtiendo en mi nueva obsesión. Espero que esta nueva dimensión alimente la próxima entrega de mis experiencias sexuales.


Transcrito y adaptado en septiembre y octubre de 2005, con la inestimable colaboración de Marga

fuente www.morbocornudos.com

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