sábado, 18 de julio de 2009

"Deliciosa encerrona".

A veces, cuando en Madrid la ciudad está imposible y el alcalde levanta todo para volverlo a tapar, uso el metro, como hacía antes, hace ya muchos años, antes de tener mi preciosa Honda que me lleva fielmente a cualquier puerta, incluso a la del infierno.

Una tarde de hace un par de meses, en la que mi preciosidad dormía en el taller, tuve que deslizarme hacia el subsuelo de Madrid, tenía prisa en entregar unos planos y no podía defraudar otra vez al cliente, uno de esos que paga lo que hace falta si está contento con el producto.

Se me olvidaba que Madrid es una hora punta continua, lo que se aplica tanto al cielo como al suelo. Del primer tren tuve que olvidarme, otros habían llegado antes y me tenían ganada la posición, como en el baloncesto. A la segunda oportunidad y viendo que el reloj no me iba a dar más margen tuve que hacer un verdadero equilibrio para no ensartar a mis vecinos de vagón, cual Quijote, con el alargado tubo en el que guardaba mis tesoros rectilíneos.

Una vez acomodado en un discreto pero abarrotado rincón eché una ojeada a mi alrededor para entretener el viaje que prometía ser largo y tedioso pero a la vez promiscuo. Ya que tenía que estar allí, apretado con personas desconocidas me dispuse a contemplar los rasgos de mis vecinos, un juego mental frecuente que me relaja de otras tensiones y de vez en cuando me ofrece alguna sorpresa.

Esta vez, sorpresas, ninguna. Nadie atraía mi atención más allá de la variedad y mezcolanza de los orígenes que mostraban en sus rasgos los pasajeros de vagón, por lo que opté por cerrar los ojos y dejar volar la imaginación hacia el lugar que había elegido para pasar unos días de vacaciones en el mes de junio. Una playita casi olvidada en la impresionante costa atlántica portuguesa que tanto me atraía, a la que iba a llevar a una chica que había conocido el jueves pasado en un bar del centro que, por suerte, todavía no aparecía en las guías de “lugares recomendados”.

Ella me sorprendió enormemente al confesarme que le había caído tan bien, lo cual yo ya había notado, que me concedía un deseo que no estuviese relacionado directamente con el sexo. Así, al pronto y teniendo en cuenta que ella era una mujer, del sur, y bastante apetecible, me dejó momentáneamente sin alternativas, que le voy a hacer, pero pude salir bastante airoso de esa situación al proponerle que se dejase llevar unos días a un lugar sorpresa, que no se arrepentiría. Supuse que en su respuesta iba a rechazar mi ofrecimiento y que tal vez le complicaba menos la vida no haber hecho excepciones en cuanto a los asuntos que su genio particular podía ofrecerme, pero no fue así. Ahí estaba ella, aceptando mi tentación viajera con un desparpajo que me dejó con la boca abierta.

- “Por supuesto, me encanta viajar, ya sabes, un tópico, a las mujeres nos encanta viajar porque todo es diferente y hasta sorpresivo. Acepto y espero que no te eches atrás y no quiero saber dónde hasta que no huela a mar”.

A esas alturas de la conversación y viendo el éxito cosechado, pensé que lo mejor era tantear de qué iba mi futura compañera de viaje:

- “Pero…cómo…bueno, supongo que una vez allí… quiero decir….” Balbuceé.

- “No te preocupes, la limitación en tu deseo sólo se refería al primero, je, je, …No temas que soy una buena compañía en todos los sentidos, en todos sin excepción. Mira que sois transparentes los tíos”.

Perfecto, una mujer inteligente, abierta y…para que negarlo, a mis ojos, su cuerpo cada vez me parecía más sugerente y atractivo y cuando me miraba directamente a la cara para hablarme, me desarmaba y hacía que mi voz no pareciese segura, cosa que me sucedía en contadas ocasiones.

En estos pensamientos tan apetecibles estaba sumido cuando de pronto la vi. No a mi futura compañera de viaje, esas coincidencias sólo pasan en los cuentos, sino a la Reina del Metro, así la coroné en cuanto mis ojos aterrizaron en ella, que digo del Metro, de los transportes de España y del mundo entero. Impresionante. Una descarga eléctrica recorrió mi cuerpo de arriba abajo, de izquierda a derecha y tomó dimensiones inimaginables.

De momento era su perfil lo que me ofrecía pero no suelo equivocarme cuando atisbo una parte de una mujer y después se completa con el resto de su cuerpo. En proximidad, aunque parezca un tópico romántico, y allí reinaba la promiscuidad, lo primero en lo que me fijo de una mujer es en su cara y, especialmente, en sus ojos. En este caso no se los podía ver, tan sólo me ofrecía el perfil de su cara, ligeramente oculto por su pelo, de un tono rojizo y agradablemente ondulado que le caía sobre los hombros. Se lo ahuecaba constantemente para mitigar el calor que empezaba a palparse en esa reducida estancia inestable. No podía apartar los ojos de ella, imán potente, cada vez que movía su pelo dejaba a la vista un cuello por el que hubiese entregado mis planos (por cierto, dónde estaban….tendría que buscarlos entre los pies de mis vecinos), pues eso mis planos, si los tuviera, por rozar ligeramente con mis labios la zona que mostraba entre su lóbulo y su hombro. Sentía que me estaba recorriendo un sudor frío por todo el cuerpo y que se detenía en mi estómago.

Seguro que ella tuvo la sensación de que la estaban observando, tampoco sería la primera vez, a la vista estaba, y se giró hacia mí lentamente para clavar su mirada en la mía e iniciar un duelo en el que normalmente alguien suele ceder. No sé que me pasó en ese momento pero por nada del mundo me apetecía despreciar esa profunda e insinuante mirada y la sostuve más tiempo del que suele ser conveniente en situaciones similares. Ella tampoco parecía aflojar y mantenía su tensión alimentada por unas pupilas melosas que estaban consiguiendo que mi respiración comenzara a agitarse, lo que debido a mi cercanía, me situaba en una posición indefensa que ella, no había duda, empezaba a notar. Volvió a ahuecarse su melena, pero sin dejar de mirarme, lo que inundó el gesto de una sensualidad desbordante. Entrecerró ligeramente sus ojos con un dominio endiablado del gesto, y con el conocimiento de que ese movimiento era explosivo para mí. Como sacado de un guión erótico, entreabrió delicadamente sus labios para recorrerlos muy suavemente con la punta de su lengua, coqueta pero sin parecer obscena, como si lo hiciese una persona que los siente resecos, pero no me engañaba porque con su mirada me decía otra cosa muy diferente. Debo reconocer que en ese punto sentía una sensación de flaqueza en las piernas que me forzaba a recostar mi cuerpo contra la puerta del vagón, y que un ligero cosquilleo que empezó a materializarse entre mis piernas, me atenazó el estómago dificultando mi respiración.

Al entrar en contacto con la puerta del vagón comprobé que el tren estaba parado aunque a mí me parecía que su velocidad era la de las naves que cruzan el hiperespacio. Esto debe ser la relatividad de la que habló Einstein. Al parecer llevábamos así un buen rato, de ahí que la temperatura del vagón hubiera aumentado, y no sólo la mía como me había parecido hasta ese momento.

Ella se giró decididamente hacia mí. Tenía la sensación, para mi suerte, de que era lo que más le interesaba en ese lugar. Ella arrastraba una pequeña maleta, de esas que se utilizan en los aviones para llevar lo justo, un trolley, lo que añadía interés a su persona como viajera, ¿qué tendrán las viajeras que les hace interesantes a mis ojos?.

-“¿Siempre hace este calor en el Metro?” lanzó a bocajarro intentando hacerse una coleta con el pelo. No acerté más allá que afirmarle su pregunta con un escueto “depende”.

-“Y ¿siempre se para tanto entre estaciones?” volvió a inquirir como si yo fuese un guía de ciudad que tiene respuestas para todas las viajeras que pasan por Madrid. Le tenía que haber confesado que no me había dado cuenta de la parada porque sus ojos me habían embrujado pero tan sólo le comenté que Madrid es un caos. Gloriosa respuesta.

Tal y como estaba frente a mí, advertí en su manera de vestir que procedía de un lugar caluroso o se dirigía a él. Llevaba un top, de color discreto y muy corto, vamos, muy top, dejando a la vista un atractivo piercing, de esos que parecen dobles, con una bolita metálica por encima del ombligo y justo en el centro de éste una brillante piedra con tonos azulinos. Encima del top vestía una gastada cazadora vaquera, acompañada de una corta falda a juego, de las de cintura baja y unas botas blancas de caña alta que realzaban su figura.

-“¿Qué, te gusta?, elección de mi novio.”, dijo abiertamente al ver que mi vista no se apartaba de su ombligo. Y porqué tenía que traer ahora al novio. Qué pintaban terceras personas allí.

-“Pues sí, me gusta mucho porque suelta unos reflejos que ciegan”. Que gilipollez, no se me había ocurrido nada mejor, lo del novio me había dejado un poco descolocado.

Sus pechos también parecían preguntarme cosas, se dirigían a mí, apretados bajo el top, y delatando, debido a la clara ausencia de sujetador, que de su duelo visual conmigo no había salido totalmente ilesa. Sus pezones se marcaban ligeramente y, tal y como me gustan, mostraban sus tres dimensiones. Las aureolas destacando elevadas sobre el resto de sus tetas (que tenían una medida muy agradable a la vista y seguro que también al tacto), ensalzadas para afirmar su poder y, como punto culminante, esos pezones que se erigían como un torreón en la meseta de sus pechos para demostrarme que ella también se había excitado con mi excesiva proximidad. Mi imaginación se desbordaba y ella era el objeto.

El tren volvió a arrancar de forma violenta, supongo que para compensar el retraso, lo que hizo que su cuerpo se desplazase por la inercia y quedase, durante unos segundos, pegada literalmente al mío. En ese momento, el aroma de su pelo me embriagó y el roce de su pecho produjo una reacción en cadena, transformando mi hasta ahora adormecido pene en una verdadera polla, pugnando por conocer a la intrusa que lo había despertado de su letargo. No hizo ninguna intención por separarse y por su respiración noté que la situación, por lo menos, no le era desagradable. Debo de reconocer que, a primera vista, mi imagen no desagrada a ellas, tengo algunas características que me hacen, diríamos apetecible, usando un adjetivo que no pocas mujeres han deslizado en mis oídos en los primeros contactos y, además, suelo ducharme todos los días, como se suele decir.

-“Perdona, pero en estos vagones hay pocos lugares donde agarrarse bien”, me dijo mientras intentaba apartarse de mí sin grandes esfuerzos.

-“Tú, en cambio, si tienes muchas partes apetecibles para quedarse sujeto horas y horas”, arriesgué debido a la calentura que ya empezaba a ser palpable.

-“¿Tú crees?” dijo con una coquetería que rozaba el desafío.

-“No sólo lo creo, sino que lo afirmo y, es más, sería capaz de describírtelas una a una, aunque a la vista estén”. Por toda respuesta obtuve una sonrisa que mantenía mis esperanzas intactas. Entonces, se abrieron las puertas del vagón en una estación que no era la mía ni la de ella, aunque si la de muchos de los viajeros que ocupaban espacio alrededor de nosotros. No se cerraban las puertas y por megafonía pudimos intuir, ya que no entender, que había una seria avería y que se recomendaban itinerarios alternativos.

-“No te voy a volver a preguntar sobre Madrid, no te preocupes, pero sí te voy a invitar a que me acompañes, si eres tan amable, porque esta ciudad siempre me aturde. Madrid me mata, ya conoces el dicho”, dijo poniendo un mohín en su boca que le aseguraba mi protección.

En ese momento, al localizar mis planos, me acordé de mis obligaciones y del cliente que esperaba mi colaboración.

-“Mañana salgo en tren para Granada y tengo todo lo que queda del día para abandonarme en esta ciudad de la que dice que lo importante es la compañía, y si el alcalde no lo impide, el resto está ahí para ser disfrutado, ¿no?”.

-“Déjame hacer una llamada y te digo si soy tuyo hasta que abandones la ciudad”, observé mientras ascendíamos por las escaleras mecánicas buscando la luz en la superficie y la cobertura en el móvil. Estaba un poco nervioso y no quería que esa mujer fuese testigo de mis titubeos con mi cliente.

-“¿Puedo escuchar la excusa que le vas a dar a tu chica?, no sabes el morbo que me da saber que un hombre va a mentir a otra mujer por estar conmigo”.

-“Pues se equivoca usted, señorita, la llamada va dirigida a un cliente que espera esto”, le contesté burlonamente mientras palpaba los cilindros de cartón que contenían el trabajo de varios meses. Ella me respondió tan sólo con un ligero gesto de contrariedad, dejando claro que esa excusa ya no le interesaba tanto, sería la típica que se le da a un jefe.

Una vez resuelta mi cita, o más bien dicho mi no-cita, me dispuse a acompañar a esa mujer a donde fuese necesario, me sentía cada vez más débil y vencido y ella lo sabía, no era muy dueño de mí y en eso cooperó su cuerpo que, voluntaria o involuntariamente, había estado rozando el mío en los tramos de escaleras que tuvimos que ascender hasta llegar a la calle. Buscamos un taxi para que nos llevase, en primer lugar, a su hotel.

-“Al Euroholding, por favor”, le lanzó con premura al taxista mientras éste introducía su trolley y mis planos en el maletero.

-“Sabes elegir bien el alojamiento, ¿no?”, le comenté.

-“Bueno, esto son cosas de mi jefe, siempre quiere que su personal descanse bien, y creo que en este hotel es posible, ¿no lo crees así?”.

-“Pues creo que esta vez se ha equivocado y no por el hotel”, dije mientras acercaba mi mano derecha a su rodilla, gesto al que ella respondió con un ligero estremecimiento.

-“¿Y eso porqué?”, preguntó mirándome directamente a los ojos con un brillo que delataba de antemano que intuía la respuesta.

-“Algo se me ocurrirá para tenerte entretenida hasta que te sientes en el compartimento del tren que te lleve a tu Graná del alma” y mientras le decía estas palabras jugueteaba con la yema de mis dedos en el borde de su falda vaquera.

Ella echó una ligera mirada al conductor y comprobó que estaba demasiado atareado con la eterna hora punta vespertina del tráfico madrileño como para darse cuenta de lo que pudiese pasar atrás. Descruzó las piernas, hizo desaparecer sus dos manos dentro de la falda, levantó ligeramente su culito y en un abrir y cerrar de ojos (cosa que yo no hice para no perderme ni un fotograma) hizo descender una tanga negra a lo largo de sus piernas hasta desprenderse totalmente de ella.

-“Toma, un recuerdo mío, en este momento creo que no me hacen falta”. Y lo dijo de forma natural, como si le hubiese pedido fuego o la hora. Sabía que así tenía más efecto sobre mí, más morbo. Los latidos de mi corazón se dispararon y todo en mí pugnaba por explotar.

Acerqué su tesoro a mi cara aspirando el aroma de esa miniatura, un inconfundible olor a mujer en celo, a hembra deseosa penetró por mi nariz hasta el cerebro y de allí rebotó relampagueantemente hasta la base de mi polla. Al abrir los ojos y ver que ella se giraba discreta pero decididamente hacia mí algo empezó a brotarme en las entrañas. Me estaba convirtiendo en su esclavo, ella dominaba la situación, lo sabía y abusaba, se aprovechaba manteniéndome en vilo, con la seguridad de que mis ojos estaban subyugados por el más mínimo de sus movimientos.

Por mi parte, alternaba mi mirada entre sus encendidos ojos y la oscuridad que reinaba entre sus piernas, que sólo me dejaba imaginar, ni siquiera entrever, el tesoro que escondía pero que estaba allí, al alcance de mi mano. No me atreví a moverme por si se rompía el hechizo y preferí que fuese ella la que condujese la escena. No me arrepiento de haberlo hecho así. Una de sus manos, la que le sujetaba del asa que llevan los vehículos sobre las puertas, comenzó a descender. Se volvió a ahuecar el pelo para atenuar el calor que la inundaba, sus yemas recorrieron su cuello en dirección a una de sus tetas, que seguían mostrando claramente la forma de sus abultados pezones, la que ya había aparecido en el vagón. Al pasar por encima de ella, sus dedos le procuraron una tímida caricia pero que fue suficiente para que su pezón sobresaliese aún más que el otro, cosas de la asimetría. Jugó unos segundos con el piercing de su ombligo, resbaló por la tela vaquera de su falda y volvió a ascender buscando el lugar donde convergían sus brillantes muslos. Tuve que acomodarme en el asiento dado que mi polla estaba empezando a demandar su sitio dentro de mis vaqueros debido a que el hueco del que disponía se la había quedado demasiado pequeño.

Sin dejar de mirarme a los ojos, ella levantó poco a poco su falda hasta que la luz iba inundando (quien fuera luz, diría aquel poeta) esa estancia. Una vez que la tela quedó lo suficientemente fuera de escena como para que yo fuese testigo de sus manejos, llevó su dedo corazón directamente a mi boca para humedecerlo, propuesta a la que no puse ningún reparo sabiendo el uso que le iba a dar a mi lubricación personal. Lo chupé todo lo que pude y rodeé con mi lengua ese apéndice que se me ofrecía como aperitivo de platos más intensos; pero seguía sin atreverme a hacer nada que no estuviese en su guión, ahora me moría por llevarme a la boca un poco de su sabor. Aquí tengo que confesar que me desarma el sabor de un coñito cristalino, que rezuma excitación, que sepa a jugos de los que yo sea el culpable, es una debilidad, bien acogida por cierto, que llega a tal punto que cuando disfruto comiéndoselo a una mujer lo hago, en primer lugar, por mi propio placer, aunque pueda parecer que me esfuerzo para que ella se quede satisfecha. Esto último es sólo una consecuencia y, a la vez, mi secreto.

Con este pensamiento en mi cabeza, una vez que ella se llevó su dedo al centro de su rajita, no pude contenerme y llevé también mi dedo corazón, que previamente había ensalivado, hacia el mismo centro de placer a lo que respondió sólo con una ligera negación de cabeza que me hizo retroceder hasta mi posición de observador privilegiado. La falda permitía ver que su pubis estaba dulcemente depilado y que sólo mostraba una brasileña que caminaba estrechamente hacia su triángulo divino, de arriba abajo, apuntando al comienzo de los delicados pliegues de sus otros labios.

Con su índice y anular comenzó a separar las puertas de su particular tesoro, que ya mostraba una deliciosa hinchazón a la vez que brillaba apetitosamente a mis ojos, y de un certero avance se introdujo el dedo corazón hasta hacelo desaparecer casi por completo, sin dejar de abrasarme con sus pupilas. Una descarga de millones de voltios, pura alta tensión, recorrió su cuerpo y le hizo cerrar los ojos, momento que aproveché para recorrer con pasión su cuello, mordiéndolo suavemente hasta oír como su respiración se entrecortaba.

-“No pierdesss…tiempo…¿eh, cabronazooo?, me arrojó al oído dejándome claro que era de las que se enardecen al susurrar palabras guarras a sus amantes y que en esos momentos suelen simular detonadores explosivos.

-“Seguro… que te va… a reventar… la pollaaa”, me dijo, mientras sacaba el dedo de su coño para volverlo a introducir en mi boca. “¿A qué te gusta….cómo sabe…mi coño? y todo….por tu culpa….cerdo.”, seguía diciéndome con una entonación cada vez más viciosa.

-“Sí…sí…uhmm, uhmmm”, acerté a decir mientras me relamía debido a la exquisitez de su íntimo manjar. Cuanto daría por tener mi lengua allí, dentro, en lo profundo de esa fuente de la que manaba ese néctar.

Sin dudarlo más y sin interesarse por el conductor, se abalanzó hacia los botones de mi pantalón y uno a uno los fue casi arrancando hasta que liberó mi miembro de su opresora celda.

Menos mal, porque la calentura que acumulaba era impresionante y prueba de ello era que casi toda la sangre de mi cuerpo debía de estar allí, seguro que estaba pálido. Por la cara con la que me miró, una vez sopesado lo que tenía entre sus manos, supuse que era muy de su agrado, ya no tanto por el tamaño, diríamos muy apropiado, sino por la brutal erección que mostraba.

-“Y… ahoraaaa… me voy…. a, ahhh,.. regalar este rico tesorito… queee.. tienes entreeee.. las piernas y queee…. está diciéndome.. cómeme, cómeme”, y se agachó hasta introducirse la cabeza de mi polla en su cálida boca y, acto seguido, comenzó con frenéticos movimientos a devorarme literalmente, entre jadeos por su forzada respiración.

Debido a la postura y a que sus bragas eran mi regalo y dormían en mi bolsillo, me era fácil acceder a su coño desde atrás. Me humedecí un par de dedos y busqué su entrada natural, lo que resultó bastante fácil ya que estaba totalmente empapada de sus recientes jugos. Supongo que iba a dejar una huella palpable en la tapicería del taxi que a esas alturas parecía haberse dado cuenta de la escenita del asiento trasero pero que, a la vez, no quería interrumpir su desarrollo. Con toda seguridad el taxista se estaba excitando a menos que estuviese fabricado de metal, como Robocop.

-“Mueve… esos dedossss, hijoputa. Muévelos, ohhh, sí, así… dentro...que yo..lo sienta. Hazme correr como seguro….tú sabes, cabronazooo....mmm...mmm.”. Sus palabras me encendían y animaban a darle toda la caña que el lugar me permitía, por lo que probé a introducir, con la ayuda de sus palpables néctares naturales, un dedo en su culito, maniobra bastante viable dado que se trataba de un lugar muy amable al tacto y a recibir intrusos. Aunque, al pronto, ella cerró esa entrada por la sorpresa que le causó mi atrevimiento, pero no pasó ni un suspiro antes de que se relajase para facilitarme la tarea.

-“Sigue comiéndomela, trágatela toda, ¿te gusta, eh, cerda? Así, así, métetela toda en la boca, me gusta verla desaparecer dentro de ti...uhmmm, uhmmmm, la chupas como una verdadera puta desesperada”. No me reconocía en ese trato, estaba como loco, fuera de mí, no me importaba nadie ni nada que no fuera su cuerpo y, en especial, sus tres agujeros.

Justo entonces, hundí dos dedos en su coño, profundamente, hasta los nudillos, poniendo empeño en rozar esa zona que se muestra estriada al tacto dentro de una mujer excitada, al borde del orgasmo, y a la vez metí de un certero impulso mi pulgar en su ano, para después juguetear con los tres dedos a través de la fina piel que separa ambas entradas. Esto desató en su interior un temblor creciente que le recorrió todo el cuerpo, un latigazo eléctrico que le forzó, como poseída, a subir y bajar rápidamente su boca a lo largo de mi polla con la intención de hacerme correr allí mismo.

-“No pares, no pares….nunca, así…, uhmm, pero...¿qué me estás haciendo, cabronazo?, no me dejas ni pensar, sólo quiero tu polla y tus dedos ahíííí....síííí, bien dentro, asííí, vas a hacer que me corra aquí mismo….aghhhh” me decía intercalando entre sus palabras sonidos imposibles de entender.

Yo sabía que se encontraba en un punto sin retorno y, dentro de lo poco que podía controlar, decidí que había llegado su hora. Cambié la postura de una de mis manos y busqué más debajo de su ombligo y entre los pliegues de su coño, su botón detonador. Unté mis dedos con sus flujos y le comencé a dar un buen repaso alrededor del impresionante clítoris que destacaba bajo su divino monte. Lo apretaba con suavidad, estiraba, giraba, sobaba, mis dedos describían círculos a su alrededor, vamos todas las caricias que permitía mi postura y mi imaginación. Este ataque tuvo pronto su recompensa, ella empezó a resoplar escandalosamente, con los ojos abandonados, y no acertando a pronunciar más allá de palabras sin sentido y algunas que me parecieron idiomas extraños a mis oídos. Su boca seguía aferrada a mi polla pero ya no podía seguir con su tarea, la necesidad de tomar aire le impedía agradecerme mis manejos, sólo expulsaba bocanadas de aire cálido que yo sentía arrebatadoramente en la punta de mi capullo y que se aceleraba a medida que un intenso orgasmo comenzaba a explotar dentro de sus entrañas y pugnaba por hacerse un hueco en la atmósfera del taxi. Y llegó, y se fue de la manera más salvaje que haya visto, y originado, en un lugar tan peculiar.

-“Ahhh, me estoy yendoooo…como una puta…..¿Tú....tú quieres....matarme, uhmm, ahggg?, dijo mirándome con los ojos todavía demasiado perdidos y con sus labios a unos milímetros de mis huevos, mientras me clavaba sus uñas en la espalda, sufriendo todavía los últimos estremecimientos que me indicaban que se había corrido como una verdadera perra. Cuando sentí como se despedían las últimas contracciones de las paredes de sus dos entradas, las que tenía ocupadas con mis hábiles dedos, ella se incorporó ligeramente para deslizarme al oído:“Te vas.. a... enterar, cabrón, uhmm, me has hecho correrme como hacia tiempo y ahora te toca a ti...”, y al decir esto se humedeció un dedo que directamente buscó la entrada de mi culo con la intención, desde ahí, de estimular mi ya maltratado rabo, que a esas alturas del viaje ya estaba a punto de vaciar sus reservas de semen. Se puso decididamente a recorrer con sus labios y lengua el tallo de mi polla, girando en todas las direcciones posibles, engulléndola, sorbiéndola, soplándola, introduciendo la punta de su lengua entre mis pequeños labios, mordiendo ligeramente el capullo amoratado y todo ello sin aflojar la presión de su dedo en mi interior. Todas esas maniobras obraron en mi el milagro de la fuente natural y tras un ahogado grito “Me corroooo..”, que tuvo que escuchar el conductor, empecé a lanzar chorros de esperma a su boca mientras ella no dejaba que yo separase ni una pulgada el extremo de mi polla de su garganta, para no dejar escapar ni una sólo gota de ese manjar a la vez que apretaba con su lengua mi miembro procurándome una estancia breve en el paraíso. Las contracciones que sentía en mi esfínter apretaban continuadamente su dedo y esa sensación me pareció alucinante.

Cuando notó que mis espasmos iban cesando y que mi fuente se agotaba, limpió cuidadosamente con la boca el semen que tenía a la vista mi miembro y, de forma especial, el que todavía aparecía en su amoratada cabeza, la que todavía mantenía una arrogancia razonable. Tras tragarse como una puta sedienta lo que pudo obtener en esta última lamida me plantó un profundo beso con el que me hizo partícipe del sabor de mi propio semen y que en su boca todavía permanecía indeleble.

-“¿Ya?”, nos sorprendió la voz del taxista que tenía su mano entre las piernas y la cara de haberse deleitado, por lo menos, visualmente al haber sido testigo de las escenas finales, las más tórridas sin duda. Ella dio muestras de control y ajustándose la falda dijo,

-“Pues sí, aunque espero que sólo sea el aperitivo, ¿no, cariño?”, lanzándome una mirada de complicidad. “Por cierto, ¿falta mucho para el hotel?.

-“Señorita, llevamos cinco minutos en la puerta pero no he querido interrumpir, me hubiese sentido muy mal al estorbar…..bueno...lo suyo”.

-“Este hombre se ha ganado una buena propina” dijo al aire mientras al pagar añadía 50 euros para compensar los servicios prestados, lo que seguro añadiría un interesante final al relato de los hechos a sus colegas del gremio.

Esta vez fue el personal del hotel el que cargó con el equipaje de ambos mientras reíamos abiertamente, con esas miradas cómplices que cruzan los que han disfrutado de algo prohibido y que, además, en este caso, otros han sido testigos envidiosos de la casual pareja. Ella iba tambaleando su cuerpo y luciendo sus preciosas piernas con esa pequeña minifalda, mientras se dirigía a la entrada del hotel, andando con aires ligeros. Sabiendo que la observaba de cerca cada vez coqueteaba más con sus andares, adoptando poses felinas, de verdadera pantera sedienta de sexo. Entró en el hall del Euroholding y a pesar de que los allí presentes debían de estar acostumbrados a que bellezas de ese estilo apareciesen de pronto, todos se quedaron hipnotizados por los destellos sensuales que desprendía mi estrella particular. No le quitaban la vista de encima, podría decirse que todos imaginaban lo que acababa de pasar y la ausencia de su ropa interior como muestra de los hechos. Era un imán tan grande que costó que alguno de los presentes cumpliese con su cometido en recepción.

-“Tengo una suite reservada a nombre de Yara Films, S.L.”, vocalizó delante del empleado cuando éste volvió de su ensimismamiento. “Supongo que te apetecerá darte un buen baño de burbujas en el jacuzzi de la suite, ¿no, cariño?, te veo ligeramente acalorado”, me susurró al oído con la seguridad de que yo entendía perfectamente el mensaje.

Una vez registrados, nos dirigimos hacia el ascensor, que nos llevaría a lo más alto del hotel, la decimoséptima planta, donde se encuentran las suites, las habitaciones más lujosas. Dentro del elevador, debido a la presencia del empleado del hotel, tuve que reprimir, aunque no del todo, mis impulsos, porqué ¿a quién no le da morbo los ascensores, sabiendo que tienes muy poco tiempo pero que las sensaciones van a ser muy intensas?. Además, como sabía que ella no llevaba nada debajo de la falda, todavía tuve unos segundos para deslizar mi mano por detrás, a espaldas del empleado, y notar las secuelas de nuestras recientes fechorías. Mis dedos advirtieron que alrededor de sus labios todavía quedaban rastros de su reciente corrida, que incluso descendían hacia los muslos, mientras que su coño seguía estando a mayor temperatura de la normal (para un coño en reposo, se entiende). Antes de que se abriesen las puertas acerté incluso a introducir un dedo dentro de él, lo que hizo que ella diese un ligero respingo y me mirase a los ojos diciendo:

-“Tú sigue así, que luego no vas a poder pararme, no me conoces….”, llevarme el dedo a la boca fue mi respuesta para que su sabor se mantuviese en mí, a la vez que intenté poner la mayor cara de sátiro que pude.

Una vez que el del hotel dejó nuestro exiguo y peculiar equipaje en el hall de la suite, y recibió una propina que tal vez no estuvo a la altura de las que solía recoger cuando acompañaba a los clientes a esas habitaciones, cerré impetuosamente la puerta. Quería dejar rápidamente al mundo a nuestras espaldas y dedicarme con todas mis energías a aquella mujer que me tenía abducido desde hacía un par de horas. Al darme la vuelta y echar una mirada a la suite no encontré a mi preciosidad, claro, con tanto espacio y siendo la primera vez que estaba allí no era de extrañar. Me sentía cada vez más excitado, como un animal que busca a su hembra en celo y a la vez a su segura presa. Fui directamente al cuarto de baño, suponiendo que era el lugar más adecuado para encontrarla y nada. De pronto oí cerrarse una puerta, la de la habitación, parecía que comenzaba el juego. Me dirigí directamente hacia ella, el lugar más natural de un hotel y allí estaba. Me dejó impresionado.

Sentada, en el borde de la gran cama, mirando hacia la puerta, es decir, hacia mí, con las piernas ligeramente abiertas, volviendo a ofrecerme un espectáculo divino y canturreando una canción que reconocí al momento: “Hay que gustito pá tus orejas, apretadito entre mis piernas….”. Sabía provocar, no había duda, mientras tarareaba con mucha gracia sureña esa canción de Amador (amador, curioso, sería una señal) abría y cerraba sus infinitas piernas, sujetando sus rodillas con ambas manos para acompañar el movimiento. Me acerqué lentamente hacia esa imagen de diosa que me ofrecía, y poco a poco fui desabrochándome la camisa, con insinuación, para que viese que también me gustaba provocar y correspondía a sus atenciones. Al llegar a su lado ya había acabado con todos mis botones y la tela ondeaba a cada lado de mis hombros.

-“Uhmmm, si nos ha salido juguetón…además, depilado, como a mí me gustan los chicos, uhmm”, y poniendo sus manos en mi culo apretó mi ombligo contra ella mientras posaba apasionadamente sus labios en mi pecho. “Ahora vas a seguir quietecito hasta que yo te lo diga, ¿de acuerdo?”.

Cada vez iba acelerando sus caricias, que incluían mordisquitos, apretaba sus garras en mis nalgas, lo que era muestra de que se disponía a continuar, con mayor intensidad, el primer acto del taxi. Por mi parte, estaba expectante y le seguía armoniosamente en sus escarceos. La reina se sentó a los mismísimos pies de la cama para acercarse más a mí, lo que aproveché para apretar con una de mis rodillas la unión de sus muslos, notando una humedad y calor que aumentaban por momentos. Al sentir esta presión, se apretó aún más y soltó un claro gemido que indicaba su total entrega. Se le comenzó a acelerar la respiración, vertiginosamente, mientras volvía a desabotonar mi vaquero dejándolo caer hasta mis pies.

-“Aquí está una vieja conocida…cariñito míooo…ahhhh, uhmmmm, cómo te has puesto cabrona,…, seguro que me huele y quiere salir a la luz, ¿no es verdad bonita?, uhmmm”, le decía a la polla casi olvidándose de que tenía dueño y que, además, estaba allí.

Después de mordeme literalmente toda la polla, que ya ofrecía una planta magnífica, a través del tanga que me había puesto ese día para estar más fresco, de un tirón decidido dejó al aire a mi querida amiga que apuntó al techo para demostrar que se encontraba en plena forma. Con un acto reflejo la engulló completamente en su boca y casi garganta, le dio un par de pasadas completas y giró todo el cuerpo, ofreciéndome una imagen impresionante y completa de su parte trasera mientras me decía,

-“A ver, cabronazo…, que sabes hacer con esa pollaaaaa, dentro de mí” y con sus dos manos se abrió ligeramente los labios de su coño para facilitar mi entrada, cosa que no hubiese sido necesaria dado la humedad que reinaba en esa parte de su cuerpo.

Ya no me podía estar quietecito, como me había ordenado, y sin pensarlo dos veces le agarré por las caderas, sus asas naturales, y de un brutal empujón clavé mi miembro dentro de su resbaladizo coño hasta lo más profundo de su vagina; la entrada fue triunfal, de una única estocada unida a un sordo sonido producido por el choque de mi pelvis contra sus nalgas, penetré en ella. Sentí un placer infinito, allí dentro se estaba demasiado bien, y el grito que ella dio al sentirse perforada así todavía me desató aún más. Estaba fuera de mí. Me quedé unos segundos parado, tensando todo el cuerpo para llegar lo más profundo posible, ella empezó a mover alocadamente su culo hacia mi, para iniciar un bombeo que le hacía gemir en cada viaje. Yo no iba a ser menos e inicié, coincidiendo con ella, una follada que nos hacía separarnos hasta que sólo la cabeza de mi polla tocaba la entrada de su enrojecido coño y juntarnos estrepitosamente dando la sensación que hasta mis huevos se iban a meter dentro. Por si fuera poco, ella en su delirio, intentaba llevar una de sus manos a mi culo para empujarme hacia ella, pero era imposible entrar más de lo que conseguíamos entre los dos.

Aún en ese estado, era ella quien controlaba la situación y de un empujón me apartó de su cuerpo. Mi polla salió de sus entrañas y pareció emitir un ligero gemido de desaprobación. No quería apartarse de esa cueva húmeda pero calentita en la que se había convertido su jugoso coño. Ella, cual felina, se deslizó hacia el teléfono que estaba junto a la cama y sin intentar disimular su excitación solicitó a la persona que estaba al otro lado del hilo una botella de un buen brut nature burbujeante, tres copas y fresas, con una voz entrecortada que seguro hizo pensar al empleado que mientras hacía su pedido le estaban haciendo correrse de placer. Toda una mujer desinhibida, no había duda. Cada vez me excitaban más sus maneras.

-“¿Tres copas?”, le pregunté con un cierto aire inquietante en mi voz.

-“Sí, cariño, y a su debido tiempo sabrás porqué”.

Mientras que los del hotel traían su pedido, ella aprovechó para buscar en el hilo musical de la suite algo que le motivase y se frenó al hallar una emisora que lanzaba ritmos latinos, que por la cadencia de su cuerpo denotaban sus preferencias. Ritmos calientes para una pantera negra. Me indicó que me sentase en el borde de la cama y que sólo mirase, si tocaba se rompía el encanto. Al son de la música acercó sus caderas a mi cara, conservando todavía su reducida minifalda, que había vuelto a poner en su sitio para hacer la escena aún más sensual. La canción continuaba y ella acompasaba sus embestidas a las sugerencias de la voz melosa del cantante, mientras que se iba acariciando, primero con suavidad y después más enérgicamente, sus seños por encima del top. Esto hacía que sus pezones se mantuviesen en las tres dimensiones ya aludidas. Sus manos seguían bajando hasta sus caderas y se perdían por detrás hacia sus nalgas, volvían hacia delante y por debajo de la falda, sin dejarme atisbar sus manejos, se desenvolvían con firmeza entre sus piernas, acariciando sus muslos y su húmedo coño sin ningún tapujo. Debido a que hacía un momento había iniciado una follada conmigo, su respiración seguía estando entrecortada y, cada vez, su excitación aumentaba al compás de las caricias de sus manos en su cuerpo.

En ese momento y como si se le hubiese olvidado algo, se fue directamente al cuarto de baño. Coincidentemente sonó el timbre de la habitación.

-“Servicio de habitaciones”, dijo una voz femenina que solicitaba la entrada. Una vez que encontré un batín para cubrir por lo menos mi gran erección, abrí la puerta para que la camarera pudiese dejar esos manjares en la habitación. Entró empujando un carrito con nuestra botella de brut dentro de una hielera, tres copas, un bol de fresas enteras y alguna que otra fruslería cortesía del hotel.

Cuando la camarera depositó todo en una mesa y cerró la puerta, mi princesa salió del cuarto de baño sin top. Sus tetas daban saltitos mostrando una alegría desbordante. Ella llevaba algo que me ocultaba en su mano. Enseguida supe que ocultaba un consolador, era demasiado grande para ocultarlo.

-“¿No te sentirás celoso porque me abrace a este masturbador?”, dijo con ese acento del sur con el que se dicen estas cosas. ¿Masturbador?, curiosa palabra, aunque más adecuada para ese aparato que la más frecuentemente utilizada consolador.

-“¿Celoso?, me encantan los juguetitos en manos de una guarrilla como tú, que seguro que sabe usarlo y que lleva una maleta llena de ellos, ¿no?”. Ella se sonrió por mi ocurrencia pero hubo algo en su mirada que me pareció extraño, aunque la falta de aire que sentí por mi casi dolorosa erección me quitó de la cabeza cualquier pensamiento extraño.

Otra canción había tomado el relevo de la anterior, ahora el cantante nos susurraba: “Suavemente, be-sa-mé,…que quiero sentir tus labios.......suavemente..” y así fue como ella empezó a lamer el aparatito y poco a poco se fue agachando, suavemente, hasta llegar al suelo en el que plantó la ventosa que tenía el masturbador hasta dejarlo fijo, erecto y apuntando al centro de su rajita. Suavemente volvió a ascender mientras se humedecía los dedos y se abría los labios de su coño. Suavemente comenzó a descender para ir abriendo sus piernas y dirigirse hacia la polla artificial que ansiosa pero calladamente le esperaba, a la vez que su corta faldita se le iba subiendo hasta convertirse en un ancho cinturón. La escena era tan impresionante que iba a reventar, sentía palpitar mi polla. Su mirada fija en mí, con sus cabellos rojizos que tapaban ligeramente su cara, en la que se notaba que estaba disfrutando enormemente con lo que hacía. Al sentir que el extremo de su juguetito rozaba sus labios, acercó la mano para guiar al inerte miembro y con un decido impulso de sus caderas hacia abajo se lo introdujo hasta el fondo de su coño. En ese momento y sin dejar de mirarme a la cara como una gran puta, inició un sinuoso baile de arriba abajo, con el que se estaba follando a si misma, con inmenso placer, jadeando, como una perra en celo, cerrando los ojos y apretando las mandíbulas a cada descarga eléctrica que recibía desde las paredes de su babeante vagina.

-“¿Dóndeeee... vas? Te heee...diiichooooo, uhmmm, que no te acerques cabronazooo, que sólooo puedes mirar....joder...diosss....síii...creo que me voy a correr aquí, como una puta, delanteeee...de ti”, me lanzó a la cara al intentar aproximar mi mano hacia ella.

Ella seguía jugando sola, aunque de juego aquello tenía bien poco, el deslizar su rajita sobre el masturbador le iba a procurar otro orgasmo de los buenos, además con espectador y todo, lo que añadía un morbo que a ella le ponía más animal. La pelirroja no quería correrse tan pronto y volvió al cuarto de baño. Al salir fue a por una silla, que puso frente a la cama indicando que me sentara en ella y que mirase, sólo eso. Seguir mirando y obedecer. Como lo haría una profesional se tiró encima de la cama con las botas blancas de cuero todavía puestas y las piernas bien abiertas hacia mí, para que no perdiese nada del espectáculo que me iba a ofrecer. Comenzó a introducirse un dedo en su culito, primero con suavidad, aunque previamente lo había untado de un aceite especial, y después con más intensidad, haciendo que se perdiese dentro de ella, sintiendo a la vez como el masturbador entraba y salía de su coñito. Sus manos estaban muy atareadas pero aún así, todavía acariciaba su rizada y rojiza melena de una forma increíblemente lasciva, deslizando la mano hacia sus pechos, estrujando sus pezones tridimensionales con brutalidad, para arrancar placer de donde casi reina el dolor. Esos tocamientos hacían que yo no pudiese dejar de acariciarme la polla, aunque debido al estado en el que me encontraba, tampoco quería correrme. Con la punta del masturbador, que ya no era esclavo del suelo, se frotaba su clítoris y en cada sacudida se notaba que poco a poco iba creciendo dentro de ella el estallido final. Frenéticamente seguía introduciendo el juguetito y sacándolo, mientras ya tenía dos dedos dentro de su ano y habían traspasado el anillo que cierra esa entrada tan apetecible. Comenzó a mover como una posesa el masturbador dentro de ella y, no sé de dónde lo sacó, se introdujo un pequeño aparato que vibraba en su culito, lo que le arrancó un grito de placer que me hizo estremecerme de los pies a la cabeza. Era una pantera, un volcán, un tsunami. Nadie hasta ahora había disfrutado delante de mí de esa manera. Ardía en deseos de cooperar con su placer pero no quería estropear la increíble escena.

Su clítoris estaba al rojo vivo de la sesión que le estaba propinando su mano libre; su culito vibraba por el aparato que tenía dentro y que hacía sus delicias; sus labios estaban abultados de la presión que sobre ellos ejercía el gran masturbador que la perforaba y, con la otra mano, no paraba de acariciarse los pezones que tanto me gustaban. La situación no podía continuar mucho tiempo. Todos sus intrusos comenzaron a hacer su efecto y a golpearla en su centro de placer. El masaje que se estaba haciendo sobre su enrojecido botoncito, que sobresalía visiblemente, aumentó de potencia y ritmo, sus jadeos fueron cada vez mayores, se debían de oír en toda la planta, de ella salían palabras indescifrables que sólo anunciaban un desenlace bestial. Todo a la vez. Un temblor empezó a recorrer su cuerpo, fue creciendo hasta convertirse en una convulsión desenfrenada, a la que acompañó con un grito ahogado: “me estoyyyy corriendoooooo....uhm....” y cayó de espaldas sobre la cama mientras su pecho se elevaba y descendía rápidamente, estaba a mil.

En un momento me preocupó su estado, nunca había visto a nadie correrse así, salvajemente, casi temerariamente, además ella lo había hecho delante de un extraño, y me acerqué.

-“¿Estás bien, preciosa?”.

-“¿Tu....tu....qué....crees.....estoy divinaaaaaa.....que pasada, uhmmm...como me pones, cabronazo.....como me ha puestoooo....verte ahí,...delanteeeee....de mí, sin hacer....nada”.

Se había disparado su potencial exhibicionista y ya no tenía freno. Se incorporó hacia mí, yo estaba temblando, no sabía muy bien que me iba a pasar en los brazos de esa tigresa pelirroja. Me abrazó con pasión, estaba sudorosa pero muy apetecible, olía a sexo por los cuatro costados (¿cuatro?). Acercó su boca a mis labios y dulcemente los mordisqueó, con suavidad; además de ser una perra calienta también era claro que estaba enseñándome su lado más sensible y sensual. Me despojó del batín que todavía no había acertado a quitarme desde que llegó la camarera y comenzó a lamerme el torso, recreándose en cada milímetro de mi piel, lo que suponía para mí una tortura ya que mi ansiosa polla pedía casi a gritos que la atendiesen como merecía.

La gata pelirroja continuaba abrazándome con cierta dulzura, recorriendo mi cuerpo con besos dulces, arrancando en cada caricia un leve suspiro de mi garganta. A partir de ahí su lengua tomó el poder y rastreó toda mi fisonomía intentando encontrar algo con lo que juguetear. Se introdujo varias veces en los aretes que llevaba en mi oreja izquierda, pero seguía buscando con lascivia. Al final sus pesquisas se vieron recompensadas. Después de varias vueltas, sin utilizar sus manos, dirigió su boca hacia el canal de mis nalgas, habiéndome pedido que me levantara previamente, y con una habilidad increíble consiguió introducir su húmeda lengua entre ellas, recorrer mi escondido agujero, pasar entre mis piernas apresando mis abultados huevos con su boca y, por fin, atacando sin contemplaciones mi zona más inflamada y arrogante.

La reina se sentó en su trono, el que antes había servido para que yo fuese testigo de sus manejos, y desde esa posición me plantó una mano en cada nalga y se quedó contemplando mi rabo, como preparándose para un festín culinario: rabo de toro. Estaba empezando a calentarse de nuevo y yo temía por mi físico, pero me dejaba hacer. Debido al estado de erección que tenía, y la proximidad de su cara a mis caderas, comencé a cerrar sucesivamente mi esfínter para conseguir que la polla diese pequeños golpecitos en su frente, lo que arrancó una lujuriosa sonrisa, en la que pesaba más las ganas de comerse aquel manjar que la travesura misma de mi polla.

-“Cómemela, por favor, estoy a mil y me estás haciendo sufrir mucho, ¿no crees?. Eres una cerda que sólo sabe putearme. Trágatela de una vez, hostias”, acabé la frase de forma autoritaria mientras le sujetaba por sus rojizos rizos y la atraía hacia mí.

-“Vale, vale. Veo que el campeón se ha vuelto torito bravo, eso me gusta. Puede que, si te portas bien, te deje tratarme duramente, con autoridad, convertirme en una esclava a tu servicio, pero sólo si te portas como yo quiera, que lo sepas”, lo que añadió con una sonrisa lasciva que se escapaba por sus comisuras.

-“¿Y crees que me cabrá tan espléndida polla en la boca?, dijo poniendo los labios en forma de morritos, un mohín muy ensayado, seguro.

-“Tendrás que intentarlo por lo menos”, le contesté a la vez que acercaba mis manos hacia sus rojizos rizos.

La tigresa no se lo pensó dos vedes, acercó sus labios a mi exuberante y jugoso glande, dejó caer su preciosa saliva en él, lo rodeó con su boca entreabierta, como quien chupa un caramelo, y de un solo movimiento se la introdujo hasta la base, de tal forma que mis repletos huevos chocaron contra su barbilla. ¡¡¡Que mujer y que garganta!!!. Me dolía la polla de lo empalmado que estaba. Comenzó a chuparla enterita, se metía alternativamente mis huevos en su boca, a la vez que los acariciaba con cariño, volvía al tronco de mi rabo para recorrerlo de arriba abajo, sorbiendo, golpeándolo con la lengua, girando alrededor de mis pequeños labios de la punta, sorbiendo, soplando, escupiéndola, y muchas otras virguerías que hacen que recuerde esa mamada como una de las mejores que he recibido en toda mi vida. Lo que más me sorprendía es que a pesar de dedicarse intensamente, sabía cuando me acercaba al orgasmo y frenaba el ritmo, para que no me fuese y la tortura, divina tortura, se alargase todo lo que ella quería.

-“Por favor, ¿me quieres dejar que me vaya dentro de tu boquita?, ¿porqué eres tan bruja y no me acabas…no puedo aguantar…. pero no me dejas llegar….eres una cerda….gatita”, le dije con un aire de súplica y, a la vez, de mandato.

-“Estaba esperando que me lo pidieras así, con esos ojitos y con ese aire de macho necesitado que se te ha puesto”.

A partir de ahí empezó a comérsela de manera bestial y, por mi parte, debido a su habilidad y a mi calentón, todo mi cuerpo sólo pensaba en inundar su boca con mis jugos, aunque mi mente quería también alargar la situación, que por su pericia se había convertido en una delicia oriental. Mi tigresa disfrutaba enormemente comiéndose mi polla y a mí me ponía más si cabe, sobre todo cuando me miraba a los ojos desde abajo, como una esclava que quiere saber si su amo disfruta. Liberando su boca de su carnoso y duro ocupante dijo:

-“Quiero que te corras en mi boca. Que entre en mi lo que llevas dentro. Córrete en las fauces de tu gatita, miauuuuu…”, maulló entornando los ojos como hacen las putas en las películas porno.

Al pronto me negué, quería seguir en plan tantra, placer eterno, pero no pude evitarlo y obedecí fielmente, es más, ya no podía aguantar y me corrí dentro de su boca mientras con mis manos movía frenéticamente su cabeza hacia mí, literalmente me estaba follando su boca mientras chorros de esperma volaban directamente hacia su garganta. Increíble, ¡¡vaya experiencia!!. Antes de sentir los últimos espasmos que anunciaban mi completo vaciado, la sacó de su boca y acercando la tercera copa que había pedido me hizo terminar de vaciarme en ella para después mojar sus dedos y saborear con sus labios mi semen, untarse sus puntiagudos pezones con mis fluidos y pasarse el dedo untado por su clítoris. Era todo un espectáculo verla homenajearse, como lo extendía mientras me miraba con la expresión más lasciva que se puede tener en un momento así. Después se acercó la copa a los labios y con la punta de su lengua buscó y rebuscó para no desperdiciar ni una gota del preciado líquido que con tanta sabiduría había sabido extraer de mí. Nadie me había premiado una corrida con un espectáculo tan excitante.

Se incorporó para ir al cuarto de baño, lo que aproveché para desplomarme en la cama dado que mis temblorosas piernas no me sujetaban; mi excitación seguía siendo casi la misma que al empezar, es más, mi polla estaba casi tan altiva como antes de correrme. El poder de las felinas sobre el macho. Se empezó a oír correr el agua, así que supuse que se iba a refrescar y limpiar un poquito, pero era tan insistente el sonido del líquido que me acerqué al baño y vi que estaba llenando el yacuzzi. Magnífico. Como iba a tardar en llenarse, la cogí en brazos para depositarla de nuevo en la ya caliente y maltrecha cama.

Pensé que era un buen momento para tomar una copita de burbujas, que ya estaría suficientemente frío. Un impulsivo taponazo de corcho se estrelló contra la lámpara del techo, más concretamente, contra uno de los halógenos que dejó de alumbrarnos.

-“Perfecto, mi campeón sabe como dejar el ambiente más íntimo. ¿Tienes tanta puntería con todo?.

Como respuesta le ofrecí una copa y una sonrisa, y todavía con el sabor seco del espumoso acerqué mis labios a los suyos y nuestras lenguas se fundieron en un ardiente beso en el que la mezcla de sabores era una bomba de relojería para nuestras inquietas líbidos.

Le arranqué la poca ropa que le quedaba, y todavía con el sabor de su boca, me lancé a su ardiente rajita, que estaba tan mojada que al mover mi lengua y mis dedos dentro de ella se desprendían unos ligeros chops-chops-chops que me entusiasmaban. “Has visto como me has puesto, cabronazo. Para que luego digan que hay sequía”, me comentó entre suspiros que empezaban a crecer desde su interior. No contesté, no quería perderme ni un milímetro de esa maravilla que mi pantera tenía entre las piernas, de esa hilera de vello que se había dejado depilar, de esos labios carnosos que cerraban la puerta a sus hermanos menores, de ese interruptor mágico que tenía por clítoris. De ese metal en su ombligo que entretenía mi juguetona lengua.

Sorbía sus jugos porque tenían un gusto maravilloso, con mi lengua y dedos los extraía de dentro para tragármelos al instante y sentía como su cuerpo se tensaba con cada lametón que le regalaba. Mi pelirroja pasó de los suspiros a los gemidos, gemía y gemía sin parar, se estaba acelerando. Aproveché para mordisquear sus labios y su botón mágico y a partir de ahí comenzó a gritar y a decir palabras que no entendía, tan sólo un “…me voy a correr…” destacó en su galimatías sexual, para aumentar su placer le introduje uno de mis chorreantes dedos dentro de su culito; sus chillidos eran realmente escandalosos, me apretaba su cabeza para que no aflojase mi presión. Noté como se iniciaron sus espasmos en las paredes internas de su coño y culito, que me apretaban los dedos a los que sólo les separaba esa delgada pared, y como, finalmente, todo su interior empezó a convertirse en un río de fluidos. Que intensidad. Era como una ola que me inundó mi boca y que tragué con mucho gusto. Era una corrida palpable, como de macho. Que furor tenía aquella tigresa dentro. Con voz entrecortada me dijo:

-“Que maneraaaa …ahh…de correrme. Me has puesto tan caliente… ¿dónde has aprendido a mover así la lengua, cabrón? ¿qué pretendes, que no me olvide de nunca de tí? Nunca… me lo habían …. comido… así y te prometo.. que es la primera vez que me voy de esta… manera….ufff, todavía me da vueltas la cabeza…me vas a volver loca, pedazo de….ufff, cabrón”.

Cuando los sonidos del resto del mundo volvieron a nuestros oídos me acordé del yacuzzi, que ya tenía que estar listo. Eché un vistazo y así era, a punto, casi rebosante. Volví a por mi tigresa, a la que encontré volviendo a llenar las copas y ofreciéndome una de ellas con una mirada inquietante. El líquido entró en mí como un elixir reparador que mitigaba la elevada temperatura de mi piel. Apuré la copa de un trago, al igual que ella, y con esa energía volví a elevar a mi ocasional amante hasta introducirla en el burbujeante yacuzzi. Me zambullí sin perder tiempo y la sensación fue muy gratificante. Las burbujas del yacuzzi y las que flotaban en mi cabeza empezaron a estimularme de tal forma que mi polla comenzó a dolerme de la excitación que manifestaba, apuntando directamente al techo, intentando sobresalir del agua como el periscopio de un submarino. Teniendo la sensación de que me había ganado su confianza y su permiso para tomar la iniciativa, me acerqué a ella frontalmente, sus piernas se separaron demostrando que había leído mi pensamiento, y dentro del agua le inserté poco a poco mi polla hasta el fondo de su maltratado y acogedor coñito. Empecé a bombear dentro de ella, un burbujeante polvo submarino, genial, era una sensación indescriptible, quería disfrutar tranquilamente de ella pero mi gatita comenzó a acercarse a mí, demostrando que sentía ya mucha necesidad, casi dependencia. Habían pasado demasiadas cosas y era la primera vez que me la follaba. Cómo habíamos podido aguantar tanto, su coño abrasaba a pesar de estar sumergidos, nuestros deseos eran brutales. Se apretó contra mí de un fuerte impulso, clavando sus uñas en mi espalda y respirando de tal forma que me asustaba. Estaba al borde de irse de nuevo por lo que inicié una follada más enérgica y profunda para acelerar su orgasmo, suelo ser agradecido. Y así fue, se corrió abrazada a mí, resoplando en mi cuello, contagiándome sus temblores y dejando caer una serie de obscenidades que me encendieron todavía más.

Cuando el último grito se escapó de su garganta se desplomó hacia atrás hasta sumergirse completamente, todavía empalada en mi endurecido miembro. Volvió a emerger y empezamos a joder de nuevo, esta vez se sentó de espaldas sobre mí y cabalgó reiteradamente sobre su potro más deseado, haciendo que su coño recorriese completamente mi polla, desde la base hasta quedarse enganchado solo a mi amoratada cabecita, para después volver a caer con un gran estrépito de agua y burbujas a su alrededor. Después, hice que se pusiera a cuatro patas, con el agua a la altura de su rajita y todo lo demás, salvo la parte superior de sus maravillosas nalgas, sumergido en el mar de sexo en el que disfrutábamos; desde mi posición elevada vi sus dos agujeritos y me decidí de nuevo por el menos apretado, en el que clavé mi polla de una estocada a la vez que introducía decididamente un dedo en su culito, y luego dos, girándolos para dilatar ese recóndito lugar que se me ofrecía tan generosamente.

-“Ahhh,….se….te…..ven…las….intenciones, pedazo de cabrón. Qué quieres, follarte mi culito….¿no?…” me dijo con un tono que denotaba más una invitación que una pregunta. Mientras, seguía metiendo mi rabo hasta lo más profundo que daba su longitud y cada vez que golpeaba en el fondo, se oía un grito de placer y sentía como tensaba su coño para abrazarme íntimamente, para no dejar que la volviese a sacar. Ummm, la tigresa era la hostia, sabía follar y hacer que un hombre disfrutase hasta el infinito. Con mis embestidas sentí que otra vez estaba a punto de correrse por lo que seguí con más interés trabajando su culito para que me diese la bienvenida como me merecía.

-“O me la metes ahora en el culito….ahhhh….o después ya es tarde….la quiero ahora, cabrón….que me vas a hacer correr de nuevo……ahhh…..uhmmmm”, me gritó girando un poco su cara para mirarme a los ojos, y ahí aprovechó para llevarse su dedo corazón y metérselo en su culo hasta el fondo. Le gustaba hacérselo ella misma. Lo giró para dilatar su anillo todo lo posible. Dirigió su mano hacia mi polla, que todavía estaba dentro de ella, la sacó de su coño para ponerla en la entrada de su círculo mágico, ya enrojecido y bastante dilatado, la untó de la espuma que se había formado en el yacuzzi y dijo:

-“Ahora tú, hijoputa, y de un solo golpe. Castígame, párteme el culo, hasta dentro y lo quiero ya, hazme tu puta para siempre…..”, no tuvo que esperar más, preparados, listos, ya, sus palabras fueron un pistoletazo para mí, y con un firme empujón de caderas entré en ese culito, pasé su anillo protector y entré en las profundidades de sus entrañas todo lo que me daba de si mi considerable miembro. Me quedé quieto porque ella dio un grito que ahogó para evitar que se presentase la seguridad del hotel y en sus empañados ojos noté que le había dolido.

-“Ahora no pares….dale….dale y rómpeme el culo…..dale hasta el fondo….más….más….”, lo que mostraba que iba por buen camino. Casi al momento, los ahogados gemidos de dolor se transformaron en suspiros de placer y todo empezó a rodar de miedo. Me sentía tan a gusto dentro de ella, con mi polla apretadita por aquellas paredes mágicas. Una vez vencida esta primera resistencia comencé a meter y sacar mi ariete en todo su recorrido, sacando la cabeza del anillo para volver a traspasarlo, lo que ahora conseguía arrancar en ella verdaderas demostraciones de placer. Sus gritos comenzaron a elevarse, tal y como los había oído antes, en varias ocasiones, mientras el ritmo de mi enculada se aceleraba, ya nada me importaba, nada excepto llenar el culo de esa pantera de mi leche caliente, correrme en su culito mientras ella también se iba.

Le daba tan fuerte que mis caderas chocaban contra sus nalgas mientras el agua del yacuzzi saltaba en todas direcciones. Estaba frenético, animal, nunca me había visto tan fuera de mí. Dar por el culo a aquella preciosidad era demasiado, inimaginable, mi sublime fantasía. Además, ella disfrutaba tanto como si me la estuviese follando por delante, gemía, gritaba, me empujaba mis nalgas para que la perforase todo lo posible. Su respiración estaba tan entrecortada que dudo como podía insuflar aire a su pecho, para lo que utilizaba su boca y resoplaba todo lo que podía, ruidosamente. Estaba claro que era el preludio de un nuevo clímax, el movimiento que sentía en la polla procedía de las paredes de su culo, que me abrazaban como si tuviese espasmos. Había empezado a correrse como una cerda, otra vez, no tenía límite, la gatita era toda una pantera multiorgásmica que introducía sus dedos en lo más profundo de su coño y masajeada con pasión su clítoris. Así estuvo durante una divina eternidad, yéndose escandalosamente, hasta que noté como sus impulsos fueron aflojando y en ese instante percibí que ya no podía aguantar más y dentro de mí explotó uno de los orgasmos más descomunales que he sentido. Empecé a vaciarme dentro de su culito, los chorros de mi esperma tenían que llegar hasta su estómago, me apreté a sus nalgas fuertemente mientras estrujaba sus tetas en un intento de fundirme con ella.

Con un decidido movimiento se sacó la polla de dentro, y recibió mis espasmos líquidos en su cara directamente, que se esparcieron por ella como si de perlas se tratase. Una vez que el último chorro le cayó en su frente, con verdadera ansiedad y todavía convulsionada por su reciente orgasmo, se dispuso a limpiarme metódicamente la polla, para no dejar ni un resquicio sin lamer con su habilidosa lengua, lo que provocaban vibrantes descargas eléctricas en mi ya maltratada extremidad. Cuando acabó con esa labor, acercó su boca a la mía para que yo también disfrutase de esos manjares y en ese momento sentí un ligero mareo que me descolocó de la situación y que achaqué al subidón de adrenalina esa mujer había desatado en mi interior.

La sensación de vértigo no cesaba, es más, iba aumentando paulatinamente por lo que me incorporé para salir del yacuzzi, lo que me resultó harto difícil. Ella me miraba sin demostrar sorpresa, sólo expectación. Abandoné a duras penas el cuarto de baño para dirigirme a la cama donde sucumbí a la oscuridad.

Cuando volví al mundo consciente me dolía bastante la cabeza, como si me hubiesen golpeado con algo contundente, pero supongo que nadie lo había hecho. Oía voces pero no entendía lo que se decía en la habitación. Poco a poco me volvía la consciencia y con la lucidez me invadía una sensación de inmovilidad. La nebulosa de mi interior se iba deshaciendo muy despacio pero todo era desorientación. ¿Porqué no veía nada?, algo lo impedía; me encontraba boca abajo, supongo que en la misma cama en la que hacía poco tiempo me había abrasado el placer. ¿Pero, porqué tenía una venda en los ojos?. La cabeza me seguía doliendo demasiado como para comprender esta insólita situación. Intenté llevarme las manos a la cara para quitarme la venda pero me fue imposible, tenía las manos y también los pies, atados a la cama. Tiré fuerte pero nada, estaba bien sujeto, ¿A qué venía este jueguecito?.

Volví a oír las voces, varias voces. Una era de mi tigresa, pero ¿y la otra?, parecía de hombre, pero no me era fácil distinguir porque tenía una sensación parecida a una fuerte resaca dentro de mí, y la voz no era más que un susurro. Intenté serenarme y agudicé mis sentidos para participar de aquella extraña situación. Las palabras de ellos comenzaron a descifrarse en mis oídos.

-“¿Y ahora qué hacemos?”, dijo ella al supuesto acompañante.

-“Pues seguir el guión y punto. Además, Yara, que tengo que decirte que tú no sepas”, agregó él con autoridad.

-“Cariño, ¿ya has vuelto, cómo estás?, voy a intentar explicártelo de forma clara. Has tenido un desvanecimiento y me he asustado mucho. He llamado a mi jefe y me ha mandado a un compañero de la empresa por si hay algún problema que resolver. También,...tengo que decirte....bueno...que mi empresa es un poco especial, vamos, es decir, que nos dedicamos a una actividad….diríamos….diferente…de entretenimiento”.

-“¿Y no puedes decirme todo eso mientras me desatas, YA-RA?, le dije mostrando un cierto enfado y recalcando su nombre que en ningún momento me había querido decir.

-“Por ahora, eso va a ser imposible porque estás así por necesidades, digamos, profesionales. Para que te lo voy a ocultar más, mi empresa se dedica a grabar películas para adultos obtenidas de forma especial”.

-“ ¿Porno?, ¿entonces....lo de antes...? le dije bastante contrariado.

-“ Eh, no te equivoques, antes he disfrutado como hacia tiempo, que lo sepas. Eres un campeón, pero...mis obligaciones..” dijo mientras utilizaba su mirada más encantadora.

Me dejó estupefacto con su declaración. Si no había comprendido mal, mi tigresa trabajaba de gancho para una productora porno y, encima, era la protagonista de sus películas en las cuales los actores invitados eran personas como yo, que se veían embrujados por esta increíble pelirroja y que, supuestamente, pensaban que se estaba cumpliendo una de sus fantasías más improbable. Además, todo acabaría en Internet. Cojonudo. Había caído en la trampa más antigua, dejarme seducir por una mujer para un fin comercial.

-“¿Qué, Yara, seguimos o lo dejamos para otra ocasión?”, dijo la voz masculina que nos acompañaba. “Voy a cambiar la cinta y tú a por las escenas finales, a ver si terminamos antes de que se nos haga de noche”, ironizó él.

-“¿Desde cuándo lleva este tío aquí?, ¿desde el principio?, pregunté con ansiedad.

-“Me temo que sí, no era cuestión de olvidar los primeros envites, que tienen que haber quedado de impresión”, contestó con toda la dulzura que la situación le permitía.

A continuación empecé a sentir como se hundía la cama por el peso de alguien que se sentaba sobre mis piernas. Noté que su piel era suave. Era ella la que estaba encima, menos mal, en mi situación indefensa era lo mejor que podía pasar. Se agachó hasta tocar con sus pechos mi espalda y me susurró al oído mientras me masajeaba la nuca,

-“Precioso mío, ahora te voy a hacer una cosita que espero te guste mucho, sobre todo porque soy yo quién te la va a hacer, a menos que prefieras que sea mi compañero, tú decides” y me dio un lametón en el cuello que me hizo temblar todo el cuerpo, al recordarme escenas tan recientes, “si me prometes que no montas una escenita te quito la venda de los ojos”, agregó con suavidad a la vez que recorría con su experta lengua toda mi espalda, bajando hacia mi cintura y, posteriormente, entraba entre mis nalgas como una serpiente.

Al sentir su lengua ahí, una descarga de alto voltaje recorrió mi cuerpo. Ella se estaba dedicando intensamente a la entrada de mi culo, con su lengua empujaba las paredes de mi esfínter, giraba por dentro del anillo para aflojar mi resistencia. Acto seguido noté un líquido viscoso y frío que se deslizaba alrededor de mi ano y que era introducido por sus dedos dentro de mí. Las intenciones estaban claras, quería hacer de hombre y follarme el culo. En la situación en la que estaba y que podía ser violado por su acompañante era preferible que lo hiciese ella, de todas, todas. Aún así, tenía mis recelos. No me gustaba que fuese tan impetuosa y menos con un extraño contemplando la escena y, peor aún, que pudiese estarse grabando para beneficio ajeno, quedando expuesto a las miradas del mundo globalizado.

-“Bien, quítame la venda, quiero saber en qué estoy metido y que, por lo menos, las cosas sucedan con mi consentimiento y tu dedicación”, acerté a decir y pareció que hizo su efecto. Con delicadeza, la tigresa retiró el pañuelo de seda y empecé, poco a poco, a ver las cosas que allí sucedían.

-“¿Pero….tiene que estar él delante?, ¿no hay trípodes para la cámara?”, pregunté con ansiedad al girar la cabeza hacia ella y ver que en la habitación, el hombre que había oído y del que ella me había hablado, tenía una pequeña cámara en su mano y grababa toda la escena.

-“Ya te lo he explicado, ¿no?, no te preocupes, te voy a tratar como un rey, como si fueses mi amo y yo tú esclava, y mientras decía esto seguía introduciendo sus lubricados dedos dentro de mi culo. La situación me estaba generando sensaciones encontradas. Por un lado, no me gustaba que las cosas se hicieran así, me sentía violado e inmovilizado, pero por otro, su cuerpo sobre el mío y sus dedos estaban empezando a conseguir que mi polla respondiese y ya se mostraba arrogante, lo que llamó su atención.

-“Venga, mi tesoro, no te resistas, si a tu polla, mi amiguita, parece que el juego empieza a gustarle. Mira que buena cara se le está poniendo”, y bajó hasta ella, sin dejar de preparar mi culo, y se la metió en la boca con verdadero interés. Con varios lametones y mordiscos ya la tenía como si fuera el palo de una bandera, a lo que contribuía la situación de peligro que mi mente advertía pero que al resto de mi ser no parecía preocuparle. En ese momento me introdujo parte del pañuelo, que antes me había impedido ver, en el culo, poco a poco, bien dentro. Siguió comiéndome la polla, en una postura imposible dado que yo estaba boca abajo y todo tenía que quedar grabado; postura a la que mis caderas ayudaban al girarse un poco y permitir que su boca trabajase con soltura, como lo había hecho antes.

-“Ohhhhh”, dejé escapar abiertamente cuando mi gatita sacó de un tirón el pañuelo de mi culo. “Hija de puta, mira que sabes….hacerle….disfrutar…a un hombre”.

-“Y eso no es nada, ahora verás”, y de su maleta que había acercado a la habitación, extrajo un curioso aparato que se ató a la cintura y que sostenía un artilugio que imitaba una negra polla, de tamaño medio, que empecé a suponer estaba destinada para mí.

Terminado el ensamblamiento y ajustadas las correas volvió a acercarse y me plantó un húmedo beso en la boca, buscando con su lengua todos mis rincones como para indicarme que no había nada oculto, que todo era lo que parecía, que estaba dispuesta a follarme el culo y, además, eso le excitaba. Su respiración había comenzado a agitarse y pude entrever que con una mano se frotaba insistentemente su coñito, metiéndose los dedos profundamente por debajo del miembro artificial y pellizcando suavemente su clítoris. Quería violarme pero disfrutando con ello tanto que esperaba llegar a correrse.

Untó de aceite el oscuro masturbador que tenía en su cintura y girándolo se metió su punta entre los labios de su coño para iniciar un movimiento lateral y de arriba abajo mientras ponía su mirada más viciosa de toda la tarde. A la vez, el cámara no perdía detalle y de vez en cuando le daba ligeras indicaciones. Con el rabo metido hasta la mitad en su incruenta herida, alargó la otra mano hasta asirme fuertemente por la base de mi rabo y apretó durante unos instantes hasta que consiguió que mi glande comenzará a tornarse púrpura, o eso me pareció en esos largos segundos. Mi excitación iba creciendo a medida que la tigresa realizaba su representación, tenía la polla a reventar e, increíblemente, estaba deseando que hundiese su polla en mí. Con el masaje que le estaba propinando a mi miembro me estaba llevando al borde del orgasmo, pero sentía también que ella dominaba la acción y que sólo quería llevarme hasta un punto en el que le pidiese lo que ella quería hacer. Siguió introduciéndose su artificio, cada vez más adentro y cada vez más decididamente e, incluso, inició una exploración de la entrada de su culito con bastante éxito, ya que encontró esa entrada bastante dilatada. Ver aquello era demasiado para mí, a veces me olvidaba incluso de que un tío nos estaba grabando y de que estaba atado a la cama, se me iba de la mente todo, todo menos ella, la gatita traviesa y perversa.

Cuando advirtió que estaba lo suficientemente excitado, se me acercó por detrás, colocó en posición amenazante su prótesis, la volvió a hacer brillar con el lubrificante y me miró fijamente entornando sus ojos melosos.

-“Y ahora cabroncete, ¿a qué me vas a pedir que te meta esta polla mía por tu maravilloso culito hasta que te corras de gusto?, dijo con voz entrecortada mientras con dos dedos me estaba empezando a dilatar el anillo de mi culo y con la otra me pajeaba lentamente.

-“Creo queeee.....noooo.....que está.....no-cheee.......no....puedooooo, ahhhhh, negarteee, ay,....nada......y...tú putaaaa, aaahhhh,....lo....sabes”, le respondí como pude al sumarse en mí sensaciones nada comunes. Me costaba atender a los dos puntos a los que mi pantera dedicaba todas sus habilidades, aunque sentía que la emoción posterior se estaba erigiendo dueña de la escena. Para facilitarse la labor colocó un denso cojín en mis caderas, lo que hizo que se realzasen mis nalgas.

-“Así no vale, tienes que ser tú el que me lo pidas”, me arrojó desafiante.

-“Bien, pero no pares de acariciarme mi polla, por favor gatita, mete......ahh....méteme tu polla en miiiii.........ufffff....necesitado....culo.....fóllame por donde....nadie....lo ha hecho....aghhhh”, y en ese momento supe que no tenía que repetírselo, que había iniciado su camino y ya no tenía vuelta atrás. Sentía una fuerte presión en el orificio de entrada, pero gracias al aceite no tuvo demasiada dificultad en introducir lentamente la cabeza artificial a través de mi cilindro. Sentía como iba avanzando dentro de mí y la sensación de placer crecía con cada milímetro que penetraba, aunque cada vez me sentía más repleto e inmóvil.

Durante todo el tiempo me estuvo diciéndome obscenidades irrepetibles sobre mí, sobre ella, respecto a los dos, todo contribuía a que mi polla estuviese a reventar pero que según su guión no tenía que explotar todavía.

Su presión era cada vez mayor, ya había pasado la cabeza y no sentía dolor, tan sólo continuaba la sensación de inmovilidad total; ella siguió empujando, lenta y suavemente, hasta que sus caderas chocaron con mis nalgas. ¡¡¡Me había metido su polla hasta el fondo!!!. A partir de ahí todo cambió y empezó a mover su pelvis de forma cadenciosa. Adelante, atrás, ahora más despacio, ahora más deprisa. Debía de reconocer que lo estaba haciendo muy bien; su mano, mientras, seguía apretando muy suavemente mis dos pequeños labios de la punta de mi polla. No quería acelerarme por aquí, sólo por detrás. Y lo estaba consiguiendo porque yo había empezado a levantar el culo, lo que me permitían las ataduras, para conseguir que ella entrase profundamente, hasta el final, para sentir su poder dentro de mis entrañas.

-“Ahhh,....ufff.....como follas, puta.....no sé,....ahhh...que es loooo que hacessss.....uhmmm, mejor,....no pares....me tienes que llevar....hasta el finalllll, reinaaaaa..”, no podría articular las palabras pero sabía que si seguía jodiendome así el culo me iba a correr.

Ella se vio espoleada por mis palabras y no tuvo ninguna compasión conmigo, apretaba su dinámico cuerpo contra mí en forma de embestidas animales, estaba desorbitada, su respiración era dificultosa y estaba literalmente volcada sobre mi culo, se apretaba tanto que notaba en mi espalda las dos bolitas del piercing de su ombligo. Se puso a pajearme sin consideración, como una posesa, dándome mordiscos en la espalda que a mí me parecían lametones, dando verdaderos gritos y diciendo que se iba a correr, que estaba a punto.

En ese momento, sentí las manos libres y después las piernas, supuse que el cámara me había desatado, dado que es posible que estuviese en el guión, pero me resistí a darme la vuelta. La felina que me cabalgaba estaba al borde de derramarse mientras me daba por el culo. El no va más del morbo. Aguanté en esa posición lo que pude hasta que noté que ella daba un empujón definitivo y tensaba todos sus miembros en un intenso abrazo, en ese momento me zafé de su penetración, me di la vuelta violentamente y ella cayó de espaldas sobre un borde de la cama. En su intensa mirada advertí que había iniciado su clímax y sin nadie dentro de ella. Me arrojé sobre ella, le levanté las piernas, sujetando una con cada brazo, aparté su miembro y de un certero golpe metí mi polla hasta lo más profundo de su coño. Ella dio un grito al recibir tan exquisito regalo en ese momento en el que se estaba corriendo.

Acerqué su cuerpo al ángulo de la cama y empecé a embestirle el coño con tal ímpetu que cada vez que mis caderas golpeaban la cara posterior de sus muslos, sonaba como si estuviesen dando unas fuertes hostias a alguien. Era bestial, intentaba perforarla, mi erección era la más descomunal que yo había visto. Sentía como me chorreaba por las piernas todo el aceite que mi gatita había metido en mi culo y cómo mi anillo latía aún por el castigo recibido. La follaba locamente, sin control, sin atender a su corrida, a los espasmos que dentro daban las paredes de su coño. Sentí un temblor en las rodillas y para seguir follándola me ayudé empujando rítmicamente el colchón, haciéndole subir y bajar contundentemente. Este movimiento fue infernal para ambos. Ella arqueó varias veces su espalda hacia mí, como una pantera en celo mientras gritaba: “Así, asíiii, asíiiii........” y comenzó a gimotear y temblar abrazándose con toda su fuerza. Ya no pude aguantar más.

Mientras Yara gritaba a mi oído, sentí como se abría la compuerta de mi presa y un primer chorro inundó su oscura cueva, los siguientes fueron a parar al mismo sitio porque su abrazo no me permitió hacer ninguna otra cosa y así hasta que arrojé dentro de su coño hasta la última gota bramando con cada espasmo interior que expulsaba mi semilla. Quedé totalmente vacío y un infinito placer me inundó mientras ambos intentábamos acompasar nuestras jadeantes respiraciones, lo que conseguimos sin demasiado esfuerzo.

Todavía seguimos así varios minutos, que fueron especialmente intensos y atractivos. Una y otra vez sentía los latidos de las paredes de su gruta en mi polla. Esta imagen también le tuvo que parecer al cámara enervante, porque en una de las fugaces miradas que se me escaparon le vi con una mano filmando y con la otra abrazada a su entrepierna, intentando sacarse la polla sin perjudicar la filmación.

Me salí de ella y caí derrumbado a su lado. Ella pasó su mano por mi pecho y me susurró: “Ha sido de cine”, su sensual sentido del humor apareció en ese momento. A continuación dijo autoritariamente:

“Cumple ahora tú con lo tuyo, rápido”, a lo que me quedé en blanco, sin comprender qué era lo que tenía que hacer. La respuesta llegó enseguida. No se refería a mí. Como si de una orden militar se tratase, el hombre le entregó la cámara para abalanzarse sobre sus piernas, con devoción y hambre.

“No te preocupes por él, es buen chico pero tienes sus debilidades. Siempre se encarga de este tipo de limpiezas, que además quedan muy bien para las tomas finales. Ahhh....es bueno buscando hasta en el último resquicio de mi coño las gotas de semen de mis chicos, de ti quiero decir. Creo que en Estados Unidos les llaman creampiers y les gusta recoger la cremita de otros en un coño que ellos no han follado. Es más, a algunos mariditos les gusta que sus mujeres les ordenen comerse las corridas de sus amantes ocasionales, la humillación absoluta. Ahhh, sigue, sigue cabronazo, no dejes ni una gotaaa. Lo que más le gusta es esperar a que por la puerta de mi chochito aparezca la punta del glaciar, para írselo tragando según vaya saliendo. Sí, así, muy bien, asiiii”.

Cuando el supuesto compañero acabó con su limpieza ella le ordenó que continuase conmigo, que me lo limpiase bien. Ya era de noche pero todavía era el mismo día en el que me estaban pasando cosas inauditas. Ahora sólo faltaba que un tío me la chupase.

“No déjalo, ya me limpió en el cuarto de baño mientras nos metemos en el yacuzzi”, dije más a modo de disculpa que de invitación.

“Insisto y no me contradigas, además le ibas a dar un disgusto. Él lo está deseando, no le ves con los ojos que te mira tu chorreante polla. ¿No es así, maridito mío?, dijo indicándole que se acercara a mí para cumplir sus deseos.

“¿Maridito tuyo?, no me digas que es verdad, que es tu marido y .....” no podía salir de mi asombro. Esta mujer era increíble. Ahora resultaba que ambos eran pareja. “Oye, no quiero líos, de verdad, a ver si….” Titubeé ante la insólita declaración presuponiendo que en esa pareja había demasiadas excentricidades.

“No temas que no corres ningún peligro. Somos gente educada y profesional, aunque tengamos estas curiosas apetencias. Gestionamos una modesta empresa, familiar diríamos, je, je, pero que da unos beneficios muy sustanciosos, ¿verdad?” preguntó dirigiéndose a su esposo, el que ya había retirado la piel de mi glande y estaba lamiendo con verdadera pasión mi polla para dejármela brillante y seca. “Pero, cariño, no hablemos ahora de negocios que todavía tenemos pendiente un relajante baño de burbujas” y me volvió a besar con delicadeza.

Acto seguido cogió mi mano y tiró hasta llevarme a la puerta del baño, aunque no era fácil ya que su marido seguía aferrándose a mi parte más sensible. Cuando pude liberarme de aquel peculiar beso, entramos en el cuarto de baño y me permití cerrar la puerta. Intimidad al fin. Nos introdujimos en la bañera y cerramos los ojos mientras nos acariciábamos con los dedos de los pies. Oí un fuerte ruido al cerrarse la puerta de la habitación y comprendí que ahora sí estábamos solos. Seguimos jugueteando inocentemente hasta que nuestra piel se arrugó por el agua. Al salir llamé al servicio de habitaciones y pedí una nueva botella de burbujas y algo más sólido de picar, por si la noche era larga.

Acabamos la botella y alguna que otra más que pedimos, terminamos con las provisiones y tuvimos otro explosivo asalto pero esta vez sin cámaras, íntimo, sólo para nosotros. También hablamos de que, tristemente, dentro de unas horas tenía que irse a Granada. Me dio un apasionado beso que me supo a una despedida anticipada. Ya, de madrugada, caímos rendidos en la gran y caliente cama, iniciando un descenso a la profundidad de los sueños y esa noche, y alguna más, soñé con ella, mi pantera salvaje.

Me desperté antes que ella y pensé, con la luz del día, que lo mejor era dejarlo así, abandonar la escena ahora que tenía fuerzas para ello. Eché las sábanas hacia atrás para contemplar por última vez su atractivo y a la vez intrigante cuerpo y acaricié con suavidad, para no despertar a la fiera, su rojo pelo, sus altivos pechos y su precioso culito. Antes de irme garabateé una nota que deposité sobre la mesilla:

Yara, espero que no olvides esto y que no sólo haya sido una noche más para ti y tu empresa, por mi parte yo no lo voy a olvidar nunca. Como si fueses una vampira, has bebido de mi sangre y ya no tengo remedio ni salvación. Si vuelves a Madrid, llámame y si no espero por lo menos verte en alguna pantalla. Siempre te desearé, pantera.

Y le dejé el número del móvil, por si acaso se presentaba la oportunidad.

Sin mirar atrás me fui tristemente de la suite casi con la seguridad de que no la iba a volver a ver y menos disfrutar. A partir de ahí cada uno tomaría su camino. Ella con su maridito empresario y consentidor y su Granada y yo con mi casi interesante vida en Madrid.

Ya han pasado varios meses y nada, ni una llamada de ella, he buscado por los portales Web de estos temas pero no he visto el posible resultado de aquel encuentro. He estado obsesionado con ella, con su cuerpo, con su voz. A pesar del tiempo transcurrido, seguía teniendo unas ganas locas de volverla a ver y, si podía ser, repetir una aventura como aquella. De sueños también se vive, y el sueño fue bonito mientras duró. Parafraseando a Bogart en Casablanca: “siempre nos quedará la suite”.

Y una tarde perdida y gris, en la que mi mente volaba, como otras muchas tardes, a aquella suite, a aquel espectacular e increíble acontecimiento, ¿hum…? ¿Qué fue eso? Después de tanto esperar el zumbido de mi móvil, éste se puso a vibrar en la encimera de la cocina. Al descolgar y preguntar quién estaba al otro lado del teléfono, dado que era un número que no conocía, escuché una voz dulce y apasionada que me decía:

-“Ey guapísimo, ¿te pensabas que me había olvidado de ti? Pues estabas muy equivocado, además tengo algunas cositas tuyas que te voy a llevar a Madrid, ¿no las has echado de menos?. Iré sola y sin cámara, no te preocupes. Tengo unos planos, una espléndida película y un tanga que te pertenecen, que te dejaste en la mesita del hotel, cabeza loca. Me vas a tener que compensar por haberte ido sin despedirte de mí, niño malo. Que ganas tengo de darte un lametón, ya sabes que eres especial para mí, rey”.

Autor: Nío, con la colaboración especial, en cuerpo, alma y letra de

fuente www.morbocornudos.com

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